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medias

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Destiende y tiende la cama. Repite la operación porque duda. Duda de la duda y le baja la autoestima, entonces vuelve a empezar. Se acostó con dos medias y ahora sólo halla una. Mira por debajo de los muebles, en los laterales, en las alturas. Delira y se asoma por la ventana. “No puede ser”, se dice. Pero se asoma nuevamente.  Mientras tanto, en otro lugar, una persona hace girar por octava vez el tambor del lavarropas. Nada cae. Se asoma a ras del suelo, al filo de la pared, al borde de la locura. La media ha sido tragada y digerida, pues ya no aparece. La escena se repite indefinidamente. El que cuenta y recuenta la ropa colgada y nota la ausencia. La que da vuelta los cajones. Los que deshilachan la rutina a fin de notar el momento exacto de la fuga. Las que llaman al nueve once con una media sin par en la mano. Dicen los que dicen que en el purgatorio te hacen esperar. Una vieja técnica para ablandar los ánimos. Repensar en el pasado y poner en la balanza lo que se quiso hacer...

De agua

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De espalda. Desnudo. Dormido. Lo reconozco apenas. Apoyo mi mano en su cuerpo líquido, no flota y la pierdo de vista. Se hunde más allá de la muñeca. Me mojo hasta el codo. Retiro el brazo. Me alejo. Los dedos gotean sobre el piso que conduce a la puerta. Lo miro al salir: dormido, desnudo, de espalda. Más tarde ha de llegar aquella, que también es de agua, y que sólo viene, a veces, para hacerle el amor.

Nombre

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 Salta desde su mesa y trepa sobre el pequeño armario del aula. Luego pasa a la estantería, se para en la más alta y vacía. Su peso de cuarto grado todavía es soportable para la repisa, aunque se abomba con cada paso que da. Eso desespera más a la maestra, que le grita, y hace reír a sus compañeros, que sólo perciben los ademanes sobreactuados de equilibrista torpe.  Entran la vicedirectora, el portero, la bibliotecaria. Los trajo el ruido, los alaridos pidiendo que se baje, las risas fuera de recreo. “¿Quién es?”, pregunta una de las recién llegadas. Otra se encoge de hombros. “Se sienta en el fondo”, dice un alumno en el frente. “Es el repetidor”, agrega una chica. “Nunca hace nada”, sentencia el tercero en opinar.  La maestra debe buscar al equilibrista en el listado. Duda y mira: “este es aquel, este es ese, y este…”. Entonces aúlla un nombre mientras mueve la mano desde las alturas al piso. La orden es clara, contundente, reiterativa. El aprendiz de acróbata detiene ...

Antonio Jadizo

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El señor Antonio Jadizo duerme la siesta a la noche, pegadita al sueño largo, porque dice que así le rinde más. Desayuna a media tarde y almuerza con los primeros rayos del sol. Se viste de domingo cada lunes y pasea en horarios laborales, para ser el primero (y el único) en llegar a la oficina, un feriado a las seis de la mañana. Se toma el colectivo que no corresponde, con el único objetivo de protestar frente al chofer “que lo ha llevado a cualquier parte”. Entra a los lugares por la salida y jamás respeta el sentido obligatorio de una calle (menos mal que es peatón). El señor Antonio Jadizo cambia la hora en los relojes y la fecha en los calendarios, por eso nunca llega a donde lo esperan. Desobedece los carteles informativos, aunque no los de peligro (porque es contrera, pero tampoco tanto). Usa el zapato zurdo en el pie derecho y se abriga en pleno verano, pues dice que nadie manejará sus estaciones. Corre cuando todos caminan, opina en los minutos de silencio, se desdice si muc...

Movida

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Es viento, por eso sale movida  en todas las fotos.  A veces torbellino,  a veces brisa suave.  Cosquillea con preguntas, con demandas, congela. Recorre, se cuela por donde nadie cabe. Resulta dificil seguirla con el dedo, conducir su vuelo o cascabel atarle.  Ella avanza  como si tarde ya fuera, sin andar cobarde sin tiempo de espera.  Por donde pasa despeina.

Un ancho segundo

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  Ella tiene su nombre escrito en el flanco izquierdo. Él muestra su documento para certificar la propiedad de la tarjeta de débito. No hay modo de argumentar desconocimiento. Pero aún así lo hacen.  Treinta y dos años atrás caminaban juntos por la peatonal. Miraban vidrieras y fantaseaban compras. En dieciséis meses llegarían a la mayoría de edad (que por aquellos tiempos se daba a los veintiuno), y entonces podrían firmar el acta de matrimonio. Sin pedir autorización, ni permiso, ni perdón.  Después vino la convivencia, los turnos incumplidos de limpieza, la estética del desorden o el desorden de la estética. La geografía de los sueños que separa las ganas de ir, del impulso por quedarse. La ciudad que promete más de lo que cumple. Los falsos cumplidos que estiran el ego hasta deformar a una personas. Él se hizo adulto en su pueblo, ella se fue a la Capital para festejar sus veintiuno.   “De todos los supermercados del mundo, él tuvo que entrar justo al mío”, ...

Camino a la cena

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Siente que su mamá lo llama. Está en la calle, jugando con otros chicos de pantalones cortos, como él. No tiene ganas de volver, así que hace que no escucha. Llega su nombre de nuevo, en un español afrancesado que es capaz de reconocer entre todo el cocoliche que se oye en el lugar. Su mamá es la única familia que tiene, es la mejor familia que tiene (piensa) y ahí se le estruja el corazón. Saluda, entonces, para emprender el regreso a casa. Pasa por la puerta de un bar y hay una banda de música ensayando. Se apoya en la entrada y escucha y silba. Hasta que el dueño lo espanta con el repasador, como si fuera una mosca rondando las mesas. Se mete en el conventillo. Hay una pieza con la puerta abierta, alguien toca la guitarra y canta en un idioma que el chico no entiende. Más allá hay una mujer lavando mientras entona una zarzuela. Él pasa caminando al compás. Espera para taconear justo al final, entonces la señora descubre que tiene público y le agradece con una sonrisa. El tano del fo...

Señora, estamos ofreciendo

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“Productos de limpieza, señora, estamos ofreciendo. Todo suelto, señora, para la limpieza de la casa”. “¿Señora en casa limpiando?”, piensa el hombre que escribe. “¿No es un estereotipo?”, piensa el hombre. “¿Sólo clientas mujeres puede tener?”, piensa. Por eso se asoma y le hace una seña al vendedor. Ha decidido bajar y realizar una compra que desbarate la exclusividad del “señora” sonando por el megáfono del camión. “Para pisos”, alcanza a decir y el vendedor despliega sus opciones: limpiador desodorizante concentrado, flower ultra, neutral (con pH neutro), acondicionador de pisos, removedor o secuestrante de polvo. “Si, no, eso”, responde el que ha bajado. ¿Pisos cerámicos, granito, mosaicos, maderas, flotantes o cemento alisado? “Lo primero”. Necesitará paño, trapo, mopa, lampazo. "Necesitaré". Se sugiere el bidón por sobre el envase de litro, ¿es para un mes o dos? “Es”. El hombre que escribe dice basta y saca el último billete que le queda. También se detiene el ven...

El ojo del tiempo (poema encubierto)

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Tic tac, pestañea. Tic tac, vigila. El ojo del tiempo sabe de memoria lo que pasará y sólo se asegura de estar en lo cierto. Corrige los milímetros descarrilados que se muestran mal, siguiendo a rajatabla el libreto.  Entonces Ulises, por detrás, le tapa el ojo único con fuego. “Nadie”, dice y es lo que escucharán gritar. Y no habrá quien se asombre, pues se oirá natural. Ya que NADIE suele ser el responsable de las cosas graves que han ocurrido (y ocurrirán) a través de los pueblos. Aprovechemos a jugar (ya que ciego está el lobo que da vida al tic tac del calendario eterno). Una ronda más, y otra para el final. Escapemos de la coherencia lineal de ayer, hoy y mañana. Seamos antes en después y ahora hagamos lo que se nos dé la gana. El colirio llegará y con él se enmendará la llaga.  Rápido, a correr… desbaratemos los almanaques que separan los vivos de los muertos. Abracemos a quien no esté con suficiente cuerpo. Un beso, un gesto tibio, un sonido gutural, una palabra. ...

El personaje

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El personaje va y se le instala en la cocina. Que es, por otro lado, un buen lugar para instalarse. Se le sienta a la mesa y pica lo que llega a sus manos, pero no con la voracidad de la Nona, con desgano. Llenando el tiempo más que la boca. Sordo a las indirectas, inútil frente a las decisiones de su cuerpo. Como el último borracho del bar, incapaz de notar que todas las sillas están dadas vueltas sobre las mesas y el piso ya fue barrido. Cuando era joven y empezó a escribir siempre lo hacía por el final. Las tres primeras líneas mostraban el remate, la moraleja, el “para qué” de los personajes. Luego seguía por el principio, con la tranquilidad de quien ya compró el boleto hasta el último destino. Y puede dormirse en el asiento sin temor de pasar por alto su estación. Pero en algún punto de la vida el tren estiró el recorrido, las secuelas desbarataron todo desenlace y nacieron hijos de los protagonistas. No halló certezas en el después. No halló certezas en el ahora, tampoco. Las ga...