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La moneda

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Tira la moneda al aire y la espera con la mano abierta. Si sale cara tomará una decisión, si sale cruz, será otra. Nada es más liberador que dejar la responsabilidad del destino a un objeto inanimado. Pero la moneda gana mayor altura de lo esperado. Choca con un adorno exageradamente largo de la lámpara y tuerce su trayectoria. Aterriza en el piso y empieza a correr por el surco que separa las baldosas. Se mete debajo de un mueble y se estrella contra el zócalo. Imposible percibir, desde tan lejos, si es cara o cruz lo que toca. Es necesario mover el mueble. Pesa y por eso ejerce mucha fuerza. Demasiado. No para la cómoda de algarrobo, pero sí para todos los objetos que están encima. Vuela el cenicero repleto de veinticinco centavos. Ahora que ha logrado separar el armatostes de la pared, el piso está atestado de caras y cruces.  Una moneda rueda hacia el baño. “Esa debe ser la que marca el destino”, piensa y la sigue. Pero no será ella quien indique lo que debe hacerse mañana. Se ...

telefonos

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A ntes los teléfonos se ligaban. De vez en cuando, raras veces, es cierto. Por mal tiempo, mal servicio o malas intenciones. Aunque se marcaran bien los números, sin errar uno, era posible no llegar a destino. Preguntaba, entonces, por Fernando y respondía Raquel. Una mujer de tono herido y palabras urgidas, buscando una farmacia de turno. A hora los teléfonos te siguen, te acechan. Inventan cosas para que no puedas dejar de mirarlos. Llaman automáticamente y, a veces, automáticamente se equivocan. Los desconocidos que atiendo sólo hablan de ofertas. Por eso corto sin producir sonido, temo que cualquier respuesta comience a generar una deuda.  A ún en el colectivo suenan. Y están los que cuelgan, los que atienden, los que en voz alta cuentan. A mi me gusta sentarme junto a la ventanilla para observar a las personas que van del lado de afuera. Imaginar que llegan tarde para siempre o son felices un par de segundos. Busco rostros conocidos, parecidos, levemente absurdos. Tal vez algu...

mientras

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Ella hace poesía mientras espera. No en la servilleta de una cita malograda, no en la reflexión contemplativa de un paisaje. Ella acumula tiempos breves. Tiene el número veintidós y en el tablero no han llegado a las dos cifras. Escribe mientras atienden a su hijo, mientras hierven los fideos, mientras la ducha, o el sueño, están en posesión de otros. Enhebra palabras en la parada del colectivo, en los silencios laborales, en los diálogos mecánicos, en los ascensores con música. Antes de cerrar los ojos, agotada, rima dos o tres ideas que prolongarán sus sueños. Él no pide turnos, no hace cola, no espera, no condimenta, no consuela, no mide en la pared cómo pasa el tiempo de sus hijos. Él es hombre y por eso escribe novelas.

Encauzar el llanto

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En tiempo de tutoriales, tips y “hágalo usted mismo”, vaya un consejo concreto para dolores abstractos. Se sugiere encauzar el llanto por canales lacerantes pero conocidos, a fin de agotar la instancia del goteo más temprano que tarde.  Ante un signo profundo de tristeza (originado, pongamos el caso, en amores malos, fe perdida, vacantes a corto plazo o ausencias definitivas), opere de la siguiente manera: busque una vieja película lúgubre, un libro cruel o una anécdota punzante. Una historia escrita con el dedo regodeándose en la llaga podrida. Una excusa, en definitiva, para llorar sin reglamentos, sin modestia, con causa socialmente admitida. Y derramar, entonces, la humedad que se atora en los huesos, romper los diques que construye la prudencia y desbarrancar los mocos que siempre quedan fuera del rodaje. Hasta crear ríos salobres y reponer el agua faltante en los heridos mares. Sólo de esta forma se podrá amanecer con la piel reseca, los ojos abotargados y la fe necesaria par...

medias

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Destiende y tiende la cama. Repite la operación porque duda. Duda de la duda y le baja la autoestima, entonces vuelve a empezar. Se acostó con dos medias y ahora sólo halla una. Mira por debajo de los muebles, en los laterales, en las alturas. Delira y se asoma por la ventana. “No puede ser”, se dice. Pero se asoma nuevamente.  Mientras tanto, en otro lugar, una persona hace girar por octava vez el tambor del lavarropas. Nada cae. Se asoma a ras del suelo, al filo de la pared, al borde de la locura. La media ha sido tragada y digerida, pues ya no aparece. La escena se repite indefinidamente. El que cuenta y recuenta la ropa colgada y nota la ausencia. La que da vuelta los cajones. Los que deshilachan la rutina a fin de notar el momento exacto de la fuga. Las que llaman al nueve once con una media sin par en la mano. Dicen los que dicen que en el purgatorio te hacen esperar. Una vieja técnica para ablandar los ánimos. Repensar en el pasado y poner en la balanza lo que se quiso hacer...

De agua

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De espalda. Desnudo. Dormido. Lo reconozco apenas. Apoyo mi mano en su cuerpo líquido, no flota y la pierdo de vista. Se hunde más allá de la muñeca. Me mojo hasta el codo. Retiro el brazo. Me alejo. Los dedos gotean sobre el piso que conduce a la puerta. Lo miro al salir: dormido, desnudo, de espalda. Más tarde ha de llegar aquella, que también es de agua, y que sólo viene, a veces, para hacerle el amor.

Nombre

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 Salta desde su mesa y trepa sobre el pequeño armario del aula. Luego pasa a la estantería, se para en la más alta y vacía. Su peso de cuarto grado todavía es soportable para la repisa, aunque se abomba con cada paso que da. Eso desespera más a la maestra, que le grita, y hace reír a sus compañeros, que sólo perciben los ademanes sobreactuados de equilibrista torpe.  Entran la vicedirectora, el portero, la bibliotecaria. Los trajo el ruido, los alaridos pidiendo que se baje, las risas fuera de recreo. “¿Quién es?”, pregunta una de las recién llegadas. Otra se encoge de hombros. “Se sienta en el fondo”, dice un alumno en el frente. “Es el repetidor”, agrega una chica. “Nunca hace nada”, sentencia el tercero en opinar.  La maestra debe buscar al equilibrista en el listado. Duda y mira: “este es aquel, este es ese, y este…”. Entonces aúlla un nombre mientras mueve la mano desde las alturas al piso. La orden es clara, contundente, reiterativa. El aprendiz de acróbata detiene ...

Antonio Jadizo

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El señor Antonio Jadizo duerme la siesta a la noche, pegadita al sueño largo, porque dice que así le rinde más. Desayuna a media tarde y almuerza con los primeros rayos del sol. Se viste de domingo cada lunes y pasea en horarios laborales, para ser el primero (y el único) en llegar a la oficina, un feriado a las seis de la mañana. Se toma el colectivo que no corresponde, con el único objetivo de protestar frente al chofer “que lo ha llevado a cualquier parte”. Entra a los lugares por la salida y jamás respeta el sentido obligatorio de una calle (menos mal que es peatón). El señor Antonio Jadizo cambia la hora en los relojes y la fecha en los calendarios, por eso nunca llega a donde lo esperan. Desobedece los carteles informativos, aunque no los de peligro (porque es contrera, pero tampoco tanto). Usa el zapato zurdo en el pie derecho y se abriga en pleno verano, pues dice que nadie manejará sus estaciones. Corre cuando todos caminan, opina en los minutos de silencio, se desdice si muc...

Movida

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Es viento, por eso sale movida  en todas las fotos.  A veces torbellino,  a veces brisa suave.  Cosquillea con preguntas, con demandas, congela. Recorre, se cuela por donde nadie cabe. Resulta dificil seguirla con el dedo, conducir su vuelo o cascabel atarle.  Ella avanza  como si tarde ya fuera, sin andar cobarde sin tiempo de espera.  Por donde pasa despeina.

Un ancho segundo

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  Ella tiene su nombre escrito en el flanco izquierdo. Él muestra su documento para certificar la propiedad de la tarjeta de débito. No hay modo de argumentar desconocimiento. Pero aún así lo hacen.  Treinta y dos años atrás caminaban juntos por la peatonal. Miraban vidrieras y fantaseaban compras. En dieciséis meses llegarían a la mayoría de edad (que por aquellos tiempos se daba a los veintiuno), y entonces podrían firmar el acta de matrimonio. Sin pedir autorización, ni permiso, ni perdón.  Después vino la convivencia, los turnos incumplidos de limpieza, la estética del desorden o el desorden de la estética. La geografía de los sueños que separa las ganas de ir, del impulso por quedarse. La ciudad que promete más de lo que cumple. Los falsos cumplidos que estiran el ego hasta deformar a una personas. Él se hizo adulto en su pueblo, ella se fue a la Capital para festejar sus veintiuno.   “De todos los supermercados del mundo, él tuvo que entrar justo al mío”, ...