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Identidad

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Va revisando entre los libros y alcanza a romper tres adornos. Saca los cajones y da vuelta la cama. Después mira detrás de los cuadros. La ve siguiéndolo y la desviste…pero no está. Revuelve los cubiertos, tal vez entre las toallas, termina en el baño. Divisa la cartera y la vacía contra el piso. Se ha roto el perfume y corren las monedas. Por fin lo encuentra. Abriendo el documento descubre su nombre. La mujer sigue de pie, desnuda. Él lo escribe en un papel y se va, sin cerrar la puerta; ya no importa. Ella ha sido totalmente despojada.

Para decir

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Tenía tantas cosas para decir que amontoné palabras en ambos puños. Después me puse a limpiar el lugar (para escribir mejor), y terminé la tarea que debía (para estar más libre), y cumplí con las promesas hechas a aquellos que quiero (para sentir menos culpa), y acomodé las cuentas que martirizaban mi economía (para salvarme del peso de los acreedores). Entonces preparé la hoja en blanco y, frente a ella, solté los puños repletos de historias. Pero debieron haber caído cuanto tomé el escobillón, o cuando completé el trabajo o cuando conté billetes. Porque sólo tenía dos manos cansadas que narraban la vida en líneas y arrugas, pero no en palabras. 

Mi nombre

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Eligió la remera de la abuela por ser larga, tironeó un rato hasta que logró descolgarla de la soga. La paseo por el pasto, luego por el barro y finalmente encontró que el mejor lugar para descansar era debajo del árbol. Consideró que le faltaba algo a su cama y por eso se llevó una toalla que estaba secándose sobre una silla, una funda especialmente suavecita y una media marrón, (que probablemente quedó enganchada). Lo más extraño fue que mi mamá, al ver la obra terminada, no gritó el nombre del perro, sino el mío.

Sahid espera

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Sahid espera que los de la tele vayan a su escuela. Mira todos esos programas confiando que, algún vez, le va a tocar. Están los de preguntas y respuestas, los que forman equipos para hacer carreras de obstáculos, los que buscan talentos o premian al alumno que inventa algo muy muy original. Para cualquiera de esos programas, Sahid está preparado.  En los recreos mira el portón de entrada y espera. Se asoma por las ventanas, espía la puerta del aula (cuando la maestra está de espalda) y se sube a la pared del patio, pues así ve a mayor distancia. Por eso pide permiso para ir al baño a cada rato. Una vez llamaron a su mamá y le preguntaron si Sahid estaba enfermo.  Cuenta a los docentes para saber si falta alguno. Tiene la teoría que si alguien no está es porque se encuentra preparando la sorpresa. Entonces vuelve al aula ansioso, imaginando que una cámara de televisión estará en su banco. Saluda amablemente a los desconocidos que llegan a la escuela, así sea un supervisor...

Juan Arancio

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Le ofrecen tinta, pero Juan pinta con arena de la orilla, con grasa de sábalo, con yerba usada. No cuenta cosas que ve, sabe cosas que cuentan sus pinceles. Él se ríe, todo el tiempo se ríe. Saluda con las mismas palabras a Chibiro y a Tribilín. Dice adiós del mismo modo a Europa, a Estados Unidos y a Buenos Aires. Él se queda en su casa, a charlar con sus litografías, dejando la puerta abierta, por si alguien gusta pasar… Juan Arancio 1931 - 2019

Sin palabras

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Al principio fueron los sustantivos. Es lo primero que desaparece cuando se pierde la identidad. Los sustantivos son las certezas sobre la que se apoya el mundo: mamá, papá, Luisa, Mónica, Alberto… Si yo ya no era quien era, ellos tampoco.  ¿Con qué cara digo “tía” si no es la hermana de mi mamá? ¿Con qué autoridad digo hermano, prima, cuñado? Y no te hablo sólo de los parientes directos… eso es más fácil de entender, te hablo de todos los sustantivos del mundo. ¿Cómo digo “perro” si mi perro ya no es mío? ¿Quién carajo es Sandokán, ahora? ¿No te das cuenta? Los sustantivos, comunes o propios, refieren a algo que les da sentido. Mi calle no es un héroe de la independencia, es mi calle. Pero si deja de ser la dirección en donde vivo, el nombre pierde valor. Ahora dudo hasta de la independencia. Después se disuelven los adjetivos. Nada puede ser bueno o malo sin un punto de referencia. Alto era medir más que mi tío. Gorda era la abuela. Simpático era Andrés. ¿Y ahora? Los ve...

Entrega de boletín

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La maestra ha convocado una reunión de padres para entregar el primer boletín de primer grado. Está fresca la mañana, pero la mamá tiene un abrigo muy finito, muy remendado, muy prolijo. Entra en el aula y busca reconocer un cuaderno, una mochila, un espacio en el pequeño mundo escolar. Identifica los útiles del hijo y se sienta en su silla. En el frente, allá lejos, la señorita habla de las expectativas de logro, del valor de los contenidos actitudinales y las metas para el próximo trimestre. Acá, la mamá revisa el cuaderno de su hijo. Redondea una “de” gigante, borra un tachado, completa un título y, aún así, parece escrito por su hijo. Descubre unos cálculos sin terminar. Son un grupo de palotes a un lado, y otro, del signo más. Líneas irregulares y desparejas a la espera del resultado. La mamá rellena el espacio vacío. Previamente suma en silencio, ayudándose con los dedos debajo de la mesa.

Once meses

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Queremos escucharla hablar y ella habla. Ella quiere creer que la entendemos y nosotros también. Son letras sueltas, sonidos de interferencia, sílabas unidas al tun-tun, o al pam-pam, o al ma-ma-maa. Señala y grita, y es casi humana. Imita el sonido de las palabras, la entonación de quién se descubre detrás de la tela “¡Acá está!”; de quién atiende el teléfono “¿Hola?”; de quien se malumorea “¡Uh, qué problema!”. Sabina es un espejo que deforma, que adapta, que interpreta. No repite. Es autónomo en muchos sentidos. Ve, observa, estudia, imita, acomoda y aprende. Uno se ve en ella sólo cuando ella quiere. Y nada es sin querer. Y nada es inocente. Sabe que sabemos y sonríe. “Los tengo” –uno cree que piensa. “Nos tiene” –decimos.

Como si no estuviera

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A la  Javierita le nació un hijo invisible. No hablo de esas que se ponen gordas y dicen que van a tener un nene y luego nada. A la Javierita le hicieron el parto y le sacaron un bebé invisible. Llora, toma la tema y hace lo que todos hacen, pero no se lo ve. A mi me lo deja los jueves, cuando va a la casa de una patrona que no soporta el llanto de los recién nacidos. Yo lo tengo en brazos todo el rato para no perderlo y cuando chilla le doy la mamadera que me deja la Javierita. ¡Hay que ver cómo toma! A veces una no le vasta y entonces le entretengo con cancioncitas de la radio. Los ojos puede que no vean nada, pero la nariz no miente. El bebé está ahí. Y el perro de la Betina puede decirlo también, (bah! ladrarlo), porque lo olfatea cada vez que entra a la casa. Javierita no dice mucho del padre, así que por ahora es sólo suyo. Igual no se lo dejaron anotar porque si no se lo ve no existe, dijo la señora de la ventanilla. Yo creo que es una señora vieja y fea y sin...