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Abstinencia

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A los cuarenta y cinco días de nacida terminó la licencia de maternidad. Comenzó, entonces, su institucionalización educativa. Guardería, jardín, primaria, secundaria, universidad. Cuando dejó de ser alumna pasó a trabajar como docente. La escuela no fue su segundo hogar, ES su columna vertebral.  Hace seis meses que no está frente a los alumnos. Las vacaciones de los estudiantes se fusionaron con la cuarentena obligatoria y el aula aparece sólo en sueños. Recurrentes imágenes que se alejan y se esconde, un laberinto de pasillos que impiden llegar al pizarrón, chicas y chicos de espalda alejándose indefectiblemente.  Anoche se encontró en una sala de profesores. Un poco pequeña para todos los docentes que parloteaban. Algunos rostros pudo reconocer: colegas de entonces y de ahora, esos que le enseñaron a ella, aquellos que le hubiera gustado tener, y unos cuantos extras llenando el espacio. Sonó el timbre del fin del recreo y cada profesor tomó sus cosas para dirigirse a ...

Agatha

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Tenía doce años y un viaje de veinticuatro horas por delante. Mi abuela me compró un libro en la terminal de ómnibus, para ir tirando. Agatha Christie prometía mantenerme ocupada. Tenía doce años y una paciencia corta. Llevaba un cuarto de la novela pero ya quería saber quién era el asesino. Había hecho una apuesta interna y necesitaba que la autora confirme mis sospechas. Miré el número de páginas que faltaban. ¡Una eternidad! La voz de mi conciencia dijo algo sobre la paciencia, creo. Entonces continué leyendo al ritmo de los carteles de la ruta, siguiendo el orden numérico de menor a mayor. Tenía doce años y una conciencia que hablaba muy bajito aún. No se requería hacer demasiado esfuerzo para desoírla. Volví a las últimas páginas del libro, ojeé por diferentes lados, hasta que clavé la mirada en una oración: “...el asesino no podía ser otro que el ayudante del doctor”. Uní tapa y contratapa de un solo golpe, mientras me recriminaba con una rabia larga, como la ruta que aún fa...

El aburrido vicio del infinito

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Enterró a su único hombre ella sola en el fondo de la casa. Después nunca más se murieron las rosas, ni los malvones; y el tiempo fue asunto del resto del planeta. Sólo por eso pudo, al abrir la puerta a un viajero ochenta y cinco años después, conservar el mismo rostro. “De estar, estuvo siempre”, le dijeron. “¡Que va! La viuda no es más que un cuento para no vender el caserón de la esquina Rocha”. Él traficaba asuntos de mujeres traídos desde aquellos lugares de los que uno jamás tendrá noticias. Andaba con un maletín de puerta en puerta, miraba a los ojos, y ellas decían que sí y le compraban. Confabulaban los hombres en los bares, comiéndose las uñas en la intriga y desconfiando de las cenas al regreso. Lo concreto: el desconocido durmió tres noches en el lugar y se fue la mañana última con el mismo maletín. Después se vendió la casa de Rocha y resultó que no valía nada. La viuda había mirado los ojos del mercader para decirle que ¡NO! y anduvo, entonces, soñando con el difunto qu...

rapada

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      Le raparon la cabeza y la empujaron a la calle con los mismos camisones que enamoraron al enemigo. Le escupieron en la cara, le gritaron y no uno y no dos, sino todos. Insulta más el más temeroso, al que tal vez mañana le toque lucir en público su vergüenza. Es la gran feria del desquite. La Guerra parió grietas en los cimientos (y no sólo de los edificios). La arrastran a la luz,  si, y el hijo también, para que lo vean . Quizás herede sus ojos intimidatorios, sus gestos implacables, sus tiernas manos criminales o sus hermosos labios delatores. Por lo pronto, como él es hombre. Y, se explican (y queda claro): t iene toda la sangre necesaria en las venas para ser otro asesino .       Una mujer se abre paso en la multitud, vocifera, siente desprecio. Potsdam resulta una buena excusa para su propio odio, (porque ella tiene un “propio” odio). Sigue a la acusada, la humilla, la empuja, incita a la gente a lanzar piedras. Brama. Braman. ¿Quién...

El olor

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Recorría su cama evitando pasar mucho rato en un mismo punto para que las sábanas no se tornen pegajosas. Se estiraba, se encogía, se sentaba y leía.  Cien años de soledad cubría la siesta de aquel verano. El ventilador sacudía el calor de un lado a otro, escandalosamente. Era un tiempo muerto, difícil de llenar a los diecisiete años. Los adultos dormían, los más chicos inventaban juegos sin volumen. En algún momento apareció el olor. Dulzón, espeso, en descomposición. Un aroma que invadía la pieza. Dejó el libro y evaluó las posibles razones, porque eso hace la gente para evitar el miedo. Corrió la cama, barrió pelusa, devolvió a la cocina platos que alguna merienda había dejado en su mesa de luz. Pero no resultó. El olor persistía . Finalmente tiró desodorante y regresó a Macondo. La segunda vez intentó pensar en otra cosa. Se esforzó por desoír el grito de su nariz . Deseaba llegar al final del capítulo, por lo menos. Pero tres páginas antes se levantó. Su cuerpo se encor...

Espejos

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Los espejos tienen la fortaleza de agrandar los espacios, y la debilidad de impermeabilizarlos. Uno puede ver, pero no entrar. Dan la sensación de otro, aunque la soledad persiste.  Pusieron espejos en “atención al público”, para que cada uno recibiera su queja. Ahorraron personal, las grandes empresas, y evitaron el estrés producido por el mal trato de los clientes.  “Su pregunta no molesta”, decía un cartel mientras reflejaba el rostro del reclamante. Cualquiera baja la guardia, con tamaño recibimiento. Después venía la duda, el lamento, la devolución fallida, el reconocimiento de la inutilidad. Nada nuevo, por cierto. La diferencia estaba en que la gente se retiraba con más culpa que rabia de la ventanilla. La cotidianeidad del rostro conocido generaba resignación. Algo que se aprende cada mañana, al lavarse la cara. Hubo golpes e inútiles intentos por romper espejos. Siempre hay, aunque son los menos. Pero los vidrios se refuerzan y los cortes cicatrizan en otro lu...

que no estés

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La mejor parte de que ya no estés, es que puedo hacer cualquier cosa con tus recuerdos. Los acomodo a mi gusto. Los releo y los retoco, sin oír tu voz diciendo: no fue así .  Saqué de los cajones fotos viejas, las puse al sol para disimular el olor a humedad y las clavé en los portarretratos. Te elegí joven, desenfocado, con los ojos bizcos. Todas esas imágenes que me hacen reir. Las que nunca fueron pensadas para lucirse en los estantes, compartiendo espacio con libros y piedras.  Acomodé la ropa que dejaste por orden alfabético: calzones, camisetas, medias, pantalones, sacos. Después me di cuenta que la categoría que les correspondía, en realidad, era “abrigos”, pero ya estaba ocupado el primer nivel del armario. Cociné frito, tomé mate con azúcar, desayuné en la cama, escuché Vivaldi, pisé la toalla y no me puse zapatos en todo el día. Desde ahora son cosas que te encantaba hacer, cuando nadie te veía. Tus mapas son excelentes individuales. Plastificados, color...

En negativo

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“Me pregunto qué habría pasado si, en vez de mandar la rabia a lo más hondo  de nuestra alma travesti, nos hubiéramos organizado.  ¿Qué pasó, en cambio? ¿Adónde nos llevó tragarnos el veneno? A morir jóvenes. ” “Las malas” de Camila Sosa Villada. Son gobernadoras, presidentas, legisladoras y juezas. Hacen las leyes y las mandan cumplir. También son policías y guardiacárceles.  Está prohibido todo lo que, de algún modo, las ha hecho sufrir. El odio y el amor se ven en negativo y ahora es blanco, el negro. Los calabozos se llenan. Rebosantes están de señoras paquetas que miraban de reojo, grandulones irreverentes montados en camionetas, representantes de la iglesia que se negaron a venderles un terrenito en el cielo, propietarios de lugares que siempre se guardaban el derecho de admisión. ¿Suena, acaso, a revanchismo de clase? ¡Por qué no!  Tienen condena, también, les que nada hicieron. Las niñas buenas que decían “está bien, pero allá lejos”. Auto...

Excusa

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Dame un excusa y yo pondré el odio. Señalá a quién y direccionaré los peores adjetivos. Marcá una persona, una región, un sector social, un estereotipo. Da igual. Te dejo la parte formal, la justificación, el para qué. No lo necesito.  Confío en tus designios. Exige mayor trabajo cuestionarlos, mirar para arriba y desafiarlos. Tu voluntad me salva, por otro lado. Me libera de tener que buscar razones, de tener que explicarlo.  No sos vos, soy yo. Las frustraciones que alimento requieren, de tanto en tanto, dejar salir su veneno. Hacelo por mi, te lo ruego. No me dejes morir de sobredosis. En alguna dirección apuntá tu dedo, del resto yo me encargo.

Y prometo no volver

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“ Esa mirada de mirar que me voy más lejos cada vez”  O. Orozco ...uso esa mirada. Y prometo no pisar jamás esta casa que es nuestra. Y escupo por los ojos. Y cierro las siete puertas que nos separan de la vereda y empujo treinta y seis cuadras hasta dejar atrás este barrio que es nuestro. Me subo a las primeras cuatro ruedas que corren hacia el sur. Y miro al norte y me río. Te imagino llorando de ausencia. Y lloro a carcajadas. Te maldigo y te lo merecés. Y ya estoy tan lejos que ni preguntando por Roma hallarás mi rostro. Y nado hasta que las aguas se tornan frías y vuelo a donde el mapa se hace a tanteo (porque nadie puede dar fe de cómo son sus contornos). Y salgo al otro lado (porque siempre hay otro lado) y sigo riendo a mares... así, tan húmedamente. Escapo hasta olvidar el nombre de los hijos que fueron mis padres alguna vez. Y ya ni sé quién soy. Camino. Y llego. Y golpeo la puerta, y vos ahí diciéndome que es pronto, que todavía no me esperabas, que no hace ni...