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Cuestión de fe

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  Ella cree que el amor es un anillo y tiembla cuando lo ve caer por el inodoro. Él supone que el destino es una apuesta y compra un billete de lotería. Ellos entienden que el olvido se ejercita y recortan fotos. Ellas imaginan que el futuro se moldea y esculpen estatuas para venerar en los espacios públicos.  Aquellos tienen igual edad y son expuestos a iguales exámenes. Aquellas son juzgadas por el traje y serán vestidas con reglamentos más que con ropa. Esas aceptan como buena una comida con muchos colores y engullen pigmentos artificiales. Esos comprenden que si han de morir es mejor hacerlo con el mejor calzado y se consiguen las más caras zapatillas. Todos afirman que opera con mayor precisión un doctor vestido de blanco. Que sólo limpia eficientemente una empleada doméstica, no un empleado. Que aumenta el valor de un ahorro si está en dólares. Que si lo nombran en inglés suena más atractivo. Que un regalo barato es muestra de poco afecto. Que la publicidad repetida da s...

Papelitos

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Deja papelitos para recordar el camino de regreso. Hansel y Gretel demostraron ya que las migas de pan no sirven para eso. Indicaciones concisas de lo que hay que hacer. Anotaciones que aligeran la carga de la memoria. Jabón, detergente, manteca, sal. Listado de obligaciones que calman la ansiedad. Canilla, pantalón, biblioteca, Juan. A vista rápida simulan carecer de coherencia, pero son pasos certeros que conducen del lunes al lunes siguiente. El duende del caos cambia una letra y se ríe. Ella tropieza. Altera un nombre y alguien esperará inútilmente que ella se presente. En toda casa hay un duende desorganizador. Cruel y anárquico esconde anteojos, tijeras, llaves, medias impares y papelitos. Ya es la quinta vez que lee la nota, pero sigue sin comprenderla. Son instrucciones escritas con pulso de elfo maldito. Ahora lo sabe, aunque simula no saber. Ella sonríe. Esta vez no caerá en la trampa. Es su turno: le cuelga un cascabel a la tijera para que él se delate al moverla. Desemparej...

Cartas

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Esperábamos cartas de papel y escribíamos respetando el renglón. Sabíamos el horario del cartero y los borradores previos caían al suelo. Comprábamos estampillas, guardábamos sobres y cada mensaje traía un olor.  En el otro lado del mundo su hermana come un chocolate y dobla el envoltorio delicadamente. Luego termina de contar los detalles que trajo el asunto de Miguel y Marta, la mudanza de las López, los arreglos en la plaza, el cierre de la estación. Mejora la letra al detallar la dirección de entrega y el remitente. Cuando vaya a hacer las compras dejará su carta en el correo. Integrará la pila de “internacionales”, más tarde el paquete de papel madera. Quedará boca arriba en la furgoneta y boca abajo en el avión. Caerá de costado en el camión que espera. Luego pasará a la mesa de distribución, la caja zonal, el morral de cuero. Sumará el olor a humedad que tienen los buzones del edificio.  Ella abrirá el sobre saboreándolo con los dedos, leerá apurada la primera vez y más...

Respirarme

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  Más tarde ha de golpear la mesa. Siempre lo hace. Ha quedado claro su desprecio y mi culpa, pero sigue apuntándome con el dedo. No va a sentarse. Busca argumentos en el techo y cae con más furia sobre mis ojos. Ya ha cerrado los puños. Imposible hallar un resquicio donde mentir una defensa. Tengo dos o tres palabras para decir pero no se abre un segundo de silencio, entonces las trago. Puedo sentir el óxido resbalando por la garganta. Sé que mis glándulas han comenzado a segregar odio. Ha de llegar la orden a todo el cuerpo. Los pies comenzarán a disolverse y como gangrena, el rencor, subirá hasta los hombros. Convertida en polvo, me fugaré de la ropa que caerá sobre la silla. Invisible permaneceré flotando en el ambiente.  Él va a respirarme indefectiblemente. Va a consumir cada partícula impregnada de venganza. Va a faltarle el aire y usará las manos con las que golpea la mesa para tomar su cuello. Sentirá dolor. Abrirá los ojos con miedo. No podrá si quiera gritar, y en c...

Arena

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 Hay un reloj de arena. Brevísimo. Es todo el tiempo del que dispongo para escribir. Lo giro cada mañana, bien temprano, en el silencio del sueño general. Me produce, al principio, un placer infinito. Soy un adolescente sacándole la lengua a la muerte. Pero cuando la base soporta más de la mitad del contenido total, me ahogo. Proyecto el rostro de un enfermo con el peor de los diagnósticos. Las frases se acortan. Desaparecen los adjetivos. La acción se vuelve mínima. Y ya. Temo que caiga el último grano de arena y la oración no haya llegado a su punto final. Temo que

Prohibido pisar

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Como el césped de las plazas, que se llama “césped” porque no se puede pisar. Los pies descalzos, la pelota improvisada, el picnic de medio tiempo se apoyan sobre el “pasto”, que es real. Así es el camino que ves por las noches: agua iluminada por la luna avanzando hacia un final. Pero se hunde si pisás, se estira cuando intentás nadar. Mucho antes de las avenidas brillantes, los caminos con faroles y los senderos del fuego, estuvo la luna. Invitando al viaje, estuvo. Marcando el trayecto, digo. Las noches de luna llena salís, sin lluvia ni nubes, salís. Su luz de espejo roba un trozo de día y lo ofrece como faro. “No debe ser en vano”, pensás.  Imposible apoyar los pies en ese camino, pero el camino está. De olas y luna fue construido, y te llama. Escuchás su voz decir tu nombre. Habla y se hace entender. Promete que será fácil, que será corto, que será. Pero es césped prohibido. Agua que te traga, pescadores que te mandan de vuelta, orilla que se aleja al verte avanzar. Bailás la...

esperar

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Hay un placer en la espera que desconoce la inmediatez. Puede ser madre de la utopía o la decepción. Puede ser madre y esa es la diferencia: tiene tiempo para engendrar otras cosas. La fila se hace a partir del cartel del 124. Miguel ve el mundo a través de las lagañas. Allá arriba miran la calle y adivinan un colectivo que llega. Abajo, Miguel se deja mirar por el juguete de la vidriera. Cada mañana se deja. Juegan juntos, en su cabeza, se arman y desarman, se miden, se calculan. Todos esperan. Sabe el precio y por eso acumula los vueltos, negocia con dientes, especula en los cumpleaños. Ya hizo lugar en sus estantes para guardarlo. Le puso nombre, por eso lo saluda al pasar, cuando sale dormido, cuando vuelve cansado. Detrás del vidrio también confían en el día de la compra. El juguete lo sigue con la vista, ofrece una sonrisa petrificada, un gesto imperceptible, una promesa electoral. Le ha inventado un mote (pues desconoce que se llama Miguel). Ambos se esperan. Diseñó un espacio e...

Instructivo

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  Es imprescindible tomar el arcoíris en su parte más flaca. Se tira, entonces, a fin de atraer el grueso de los colores y se continúa jalando con fuerza. Se sabrá que es el final al toparse con una olla irlandesa repleta de monedas de oro. Resulta necesario extremar cuidados para no enredarse entre las tiras de luz refractada. Hay gente que ha tropezado en pleno proceso de enrollado de arcoíris, quedando teñida enteramente de amarillo, o de rojo, o de azul. Estos últimos son los mal llamados: “príncipes”. Ante la aparición súbita de un rascacielos, conviene aminorar la potencia de arrastre. Si los cabellos teñidos del arcoíris se enredaran en su terraza o helipuerto, puede correrse el riesgo de una ruptura. Provocando, no sólo una caída aparatosa en la persona a cargo del ovillado, sino también un complejo proceso judicial. Ya que, para recuperar los fragmentos coloridos enganchados en la torre, será preciso desglosar el barullo legal que emiten sus antenas. Nunca debe olvidarse q...

Escrito en el cuerpo

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  Le piden documentos que acrediten sus palabras. Quieren letra escrita que diga que ella es Capitana, quieren la firma de Belgrano. Quieren un papel que cuente, en claro español, su oscura historia. Para recibir pensión hay que figurar en los listados, donde figuran los blancos, donde figuran los hombres, donde figuran los soldados.  Ella mendiga en la puerta de la catedral, pide pan, ayuda, memoria. Grita a los que la llaman loca o le tiran piedras. Dice que estuvo en el Ejército del Norte, que conoció a Güemes, que empuñó armas. No tiene pruebas.  Se desviste en la vía pública para mostrar los certificados. Sería obsceno si fuera humana. Sobre la piel, seis balas dejaron su trazo, también hay huellas de sables y latigazos. Cada cicatriz tiene su historia, pero hay que tener paciencia para escucharla. Hay que estar dispuesto a seguir el hilo de los hechos arremolinados entre dolores, injusticias, maltratos. Hay que querer mirarla, y mirarla para creer. Un hombre con ape...

El mar pelado

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El mar no pide revisación médica ni carnet de socio. No te hablo del mar con arena, con hotel, con guardavidas. El mar pelado, digo. En ese vimos a la sirena. Después de clases íbamos. Porque se podía ir, íbamos. Porque era la mejor excusa para no estar donde se suponía que debíamos estar.  Tirábamos piedras desde la orilla, aquella vez que vimos la sirena. Asomó la cola primero, después dió una brazada, una nueva zambullida y, más tarde, se sentó a descansar en el muelle de los pescadores. Parecía un lugar peligroso para alguien que tiene la mitad del cuerpo comestible. Por eso nos acercamos a avisarle. “A esta hora no vienen”, dijo ella y tenía razón. De noche llegarían, cargando redes, arrastrando botes. No estaba perdida, enamorada de un hombre, no quería piernas, o vender la voz. Por pocos lugares tenía permitido andar, explicó. Ni era rubia, ni bonita, ni delgada, ni si quiera era entonada. Una sirena marrón bordeando el mar.  Carrera hasta las rocas, jugamos. “El último...