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Adelita

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  Si Adelita se fuera con otro, quién mi cuerpo y mis calzones cuidará, quién cocinará al regimiento, quién por las noches me ha de sanar… Soldaderas, rabonas, bomberas, adelitas… esas que van detrás. Enamoradas de sus hombres y de la causa, son la retaguardia de la ilusión. Están cuando ellos vuelven, para remendar heridas o celebrar victorias. Están cuando ellos faltan, para disparar en batalla o apalear malandras. Disfrazadas de mujeres pueden espiar sin ser vistas. Fingen no estar y no están. Para el enemigo no están, tampoco para los cronistas patrios. No figuran en los partes de guerra, ni en los listados de cobro, ni en los registros de bajas, ni siquiera en el inventario de recursos. Pero alguien carga los petates, las frazadas, los hijos, las municiones, la fe de existir y el testimonio de haber contribuído. Ellas son las que, al final, confirman el nombre del muerto. En los bordes del relato arman campamento, despliegan fuegos, guisan aromas. Zurcen uniformes y espantos, ...

El faltante

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El viento sacudió la cortina y eso despertó al gato. El gato desplegó la cola empujando suavemente la pelota azul. Ésta rodó por las baldosas hasta detenerse en un charco de mermelada donde un grillo se había empantanado unos segundos antes. El choque expulsó al grillo de la ciénaga dulce, lo que terminó de convencerlo sobre el desatino de su andar por el interior de la casa. Retrocedió, entonces, buscando el patio mientras dejaba unas huellas acarameladas. En el camino atravesó una hilera de hormigas abstraídas que fueron incapaces de alterar su recorrido ante el paso dulzón del grillo. Salvo una, que dudó un momento, rompió la fila y olfateó las pisadas con mermelada. La oveja negra, digo, la hormiga negra no se reveló a su especie sino que estableció una bifurcación que desandaba la ruta hasta el charco pegajoso. Allí reagrupó fuerzas, montó una base y estableció nuevas tareas e itinerarios. Fue en ese preciso instante que una partícula de chocolate cambiaría sus destinos.  Prim...

Establecer los olvidos

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Los otros escaparon hacia el puerto. La América es larga, dijeron, resulta imposible no hallar costa. Aún con los ojos cerrados se llega. Con embarcación endeble se llega, con pasaje barato, reputación incierta, o bolsillos vacíos.  Él permaneció donde había nacido. Porque alguien se queda. Siempre alguien se queda. Para contar la historia que recuerda, mantener el apellido bien escrito, pagar el cementerios de los padres y esquilar las fotos que no se han perdido.  Nunca supo la suerte de los otros, no ha buscado. Tampoco ellos volvieron, ni enviaron cartas. Se los tragó el agua o en la orilla opuesta se dieron por renacidos. Para el caso es igual. Son sólo el espacio faltante de un álbum antiguo. Vendimos la casa del abuelo de mamá. Regalamos los muebles, tiramos los colchones descosidos. Donamos sus libros, vaciamos los cajones, hallamos pocas fotos, y extraños escritos. “Lo peor de quedarse es estar a cargo de establecer los olvidos”.

Altura

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Robé monedas, me ofrecí a cortar el pasto y olvidé entregar los vueltos. Para el fin de semana ya había juntado lo necesario. Calculaba que podría subirme a siete juegos, por lo menos. No sabía hasta cuándo estaría el parque en el barrio, así que hice buena letra de lunes a viernes y el sábado pedí permiso. Autitos chocadores, sillas voladoras, el gusano y las tazas locas. Pero estaba reservando lo mejor para el final. La vuelta al mundo era tan alta que llegaría a ver el patio de mi casa desde allá arriba. Seguro que también alcanzaría a reconocer el puerto, los edificios del centro, la ruta. Tenía que averiguarlo y me puse en la cola. Recién entonces noté el cartelito de altura. Una línea horizontal junto a una regla, separando a quienes tendrían la fortuna de subir, de aquellos que sólo recibirían la humillación de permanecer afuera. No iba a explicarle al señor de los tickets que lo mío era lentitud en el crecimiento y no inmadurez. Así que me fui de la fila. “Yo también tengo mied...

Cuestión de fe

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  Ella cree que el amor es un anillo y tiembla cuando lo ve caer por el inodoro. Él supone que el destino es una apuesta y compra un billete de lotería. Ellos entienden que el olvido se ejercita y recortan fotos. Ellas imaginan que el futuro se moldea y esculpen estatuas para venerar en los espacios públicos.  Aquellos tienen igual edad y son expuestos a iguales exámenes. Aquellas son juzgadas por el traje y serán vestidas con reglamentos más que con ropa. Esas aceptan como buena una comida con muchos colores y engullen pigmentos artificiales. Esos comprenden que si han de morir es mejor hacerlo con el mejor calzado y se consiguen las más caras zapatillas. Todos afirman que opera con mayor precisión un doctor vestido de blanco. Que sólo limpia eficientemente una empleada doméstica, no un empleado. Que aumenta el valor de un ahorro si está en dólares. Que si lo nombran en inglés suena más atractivo. Que un regalo barato es muestra de poco afecto. Que la publicidad repetida da s...

Papelitos

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Deja papelitos para recordar el camino de regreso. Hansel y Gretel demostraron ya que las migas de pan no sirven para eso. Indicaciones concisas de lo que hay que hacer. Anotaciones que aligeran la carga de la memoria. Jabón, detergente, manteca, sal. Listado de obligaciones que calman la ansiedad. Canilla, pantalón, biblioteca, Juan. A vista rápida simulan carecer de coherencia, pero son pasos certeros que conducen del lunes al lunes siguiente. El duende del caos cambia una letra y se ríe. Ella tropieza. Altera un nombre y alguien esperará inútilmente que ella se presente. En toda casa hay un duende desorganizador. Cruel y anárquico esconde anteojos, tijeras, llaves, medias impares y papelitos. Ya es la quinta vez que lee la nota, pero sigue sin comprenderla. Son instrucciones escritas con pulso de elfo maldito. Ahora lo sabe, aunque simula no saber. Ella sonríe. Esta vez no caerá en la trampa. Es su turno: le cuelga un cascabel a la tijera para que él se delate al moverla. Desemparej...

Cartas

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Esperábamos cartas de papel y escribíamos respetando el renglón. Sabíamos el horario del cartero y los borradores previos caían al suelo. Comprábamos estampillas, guardábamos sobres y cada mensaje traía un olor.  En el otro lado del mundo su hermana come un chocolate y dobla el envoltorio delicadamente. Luego termina de contar los detalles que trajo el asunto de Miguel y Marta, la mudanza de las López, los arreglos en la plaza, el cierre de la estación. Mejora la letra al detallar la dirección de entrega y el remitente. Cuando vaya a hacer las compras dejará su carta en el correo. Integrará la pila de “internacionales”, más tarde el paquete de papel madera. Quedará boca arriba en la furgoneta y boca abajo en el avión. Caerá de costado en el camión que espera. Luego pasará a la mesa de distribución, la caja zonal, el morral de cuero. Sumará el olor a humedad que tienen los buzones del edificio.  Ella abrirá el sobre saboreándolo con los dedos, leerá apurada la primera vez y más...

Respirarme

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  Más tarde ha de golpear la mesa. Siempre lo hace. Ha quedado claro su desprecio y mi culpa, pero sigue apuntándome con el dedo. No va a sentarse. Busca argumentos en el techo y cae con más furia sobre mis ojos. Ya ha cerrado los puños. Imposible hallar un resquicio donde mentir una defensa. Tengo dos o tres palabras para decir pero no se abre un segundo de silencio, entonces las trago. Puedo sentir el óxido resbalando por la garganta. Sé que mis glándulas han comenzado a segregar odio. Ha de llegar la orden a todo el cuerpo. Los pies comenzarán a disolverse y como gangrena, el rencor, subirá hasta los hombros. Convertida en polvo, me fugaré de la ropa que caerá sobre la silla. Invisible permaneceré flotando en el ambiente.  Él va a respirarme indefectiblemente. Va a consumir cada partícula impregnada de venganza. Va a faltarle el aire y usará las manos con las que golpea la mesa para tomar su cuello. Sentirá dolor. Abrirá los ojos con miedo. No podrá si quiera gritar, y en c...

Arena

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 Hay un reloj de arena. Brevísimo. Es todo el tiempo del que dispongo para escribir. Lo giro cada mañana, bien temprano, en el silencio del sueño general. Me produce, al principio, un placer infinito. Soy un adolescente sacándole la lengua a la muerte. Pero cuando la base soporta más de la mitad del contenido total, me ahogo. Proyecto el rostro de un enfermo con el peor de los diagnósticos. Las frases se acortan. Desaparecen los adjetivos. La acción se vuelve mínima. Y ya. Temo que caiga el último grano de arena y la oración no haya llegado a su punto final. Temo que

Prohibido pisar

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Como el césped de las plazas, que se llama “césped” porque no se puede pisar. Los pies descalzos, la pelota improvisada, el picnic de medio tiempo se apoyan sobre el “pasto”, que es real. Así es el camino que ves por las noches: agua iluminada por la luna avanzando hacia un final. Pero se hunde si pisás, se estira cuando intentás nadar. Mucho antes de las avenidas brillantes, los caminos con faroles y los senderos del fuego, estuvo la luna. Invitando al viaje, estuvo. Marcando el trayecto, digo. Las noches de luna llena salís, sin lluvia ni nubes, salís. Su luz de espejo roba un trozo de día y lo ofrece como faro. “No debe ser en vano”, pensás.  Imposible apoyar los pies en ese camino, pero el camino está. De olas y luna fue construido, y te llama. Escuchás su voz decir tu nombre. Habla y se hace entender. Promete que será fácil, que será corto, que será. Pero es césped prohibido. Agua que te traga, pescadores que te mandan de vuelta, orilla que se aleja al verte avanzar. Bailás la...