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nombres

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Una madre apoyó los retratos de sus hijos junto a una placa que integraba sus nombres. Era la primera vez que esos nombres figuraban por escrito, a la luz del día, en espacio público. Dejaron de ser un número, un dato, un "esos". Ganaron identidad, rostro y pertenencia. Ahí estuvieron, de ese barrio se los llevaron, ahí quedarán para seguir andando. Cada vez que alguien lea sus nombres y recuerde, lea sus nombres y pregunte, lea sus nombres y estudie... cada vez que eso pase, levantarán vuelo. Eso ocurrió ayer, en mi barrio. Fui muy afortunada de poder verlo.

Adjetivos

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Mía reúne adjetivos en una caja. Los recorta de los sachets de leche, los cartones de salsa, las etiquetas del shampoo y las publicidades que pasan por debajo de la puerta. Son adjetivos puros, súper higiénicos, hiper deliciosos, ultra efectivos. Sólo esos agrupa. Antes de salir cierra los ojos y saca varios, para guardarlos en su bolsillo. Después, en el tren, los observa. Más que eso: los enhebra como cuentas de un collar, delicadamente. Sueña así que avanza sobre un piso pulcro, en un tiempo de ocio, hacia un destino extraordinario. Cruza nubes aromáticas, sobrevolando cremosas tierras que purifican y fortalecen. Luego anuncian su estación por los altoparlantes y llega. A veces, si descubre que alguien entristece en el tren, le regala un adjetivo. Están los que se asustan, los que devuelven, los que reciben. La mayoría se contagia, asumiendo como propio todo rasgo positivo.  Mía guarda cualidades en sus bolsillo, dice que eso la mantiene pegada a la tierra. No cree en la ley de ...

Los hilos

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Le vi los hilos, dijo. Y no entendí.  Pegada a la ventana ella miraba la tormenta eléctrica. La luz sólo venía del cielo, y a ratos, y en fugaces chisporroteos. En casa ni prendimos las velas. ¿Para qué? Nos sentamos a esperar que la electricidad volviera, cuando tuviera que volver. Le vi los hilos al mundo, dijo. Desde arriba nos manejan. Titiriterean el planeta con rayos eléctricos. Mueven a su antojo los destinos. Nos hacen personajes de su entretenimiento. Algo así quiso decir con lo que dijo. Y (por supuesto) nosotros, los adultos, reímos. Negándonos a aceptar ser marionetas de un titiritero audaz, que en las noches de tormenta deja ver sus hilos.

La hiladora

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En el año 1908 Lewis Hine recorrió fábricas y talleres de los Estados Unidos documentando el trabajo infantil. Fotografió las banquetas que les permitían llegar a las manijas más altas, las delgadas manos pasando entre los filos, sus pesos ligeros haciendo equilibrio sobre obesas máquinas. Mostró los pies descalzos, la ropa leve, la piel joven, los callos vetustos. También había (porque siempre hay en estos casos) risas picaronas, ojos impetuosos, dientes asomados y posturas realmente desafiantes. Pero hay una foto en particular que me asusta. Una pequeña hiladora que fija la vista en  el frente. Disciplinada y firme. ¿Tiene seis, ocho años? Su delantal desalineado, su pelo sucio y sus brazos pegados al cuerpo. Se puede adivinar el mandato del fotógrafo: porque él disfruta retratando rostros, porque busca dimensionar su tamaño de niña junto al bastidor industrial, porque Lewis Hine suele pedir: “mira a la cámara”. Ella, además de una trabajadora de poca altura, es una mujer que ya ...

La tarea

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“La presa define su arma”, dice el cazador. No se usará lo mismo para atrapar un león, un águila o una ballena. Aunque las tres muertes provoquen entre los naturalistas igual horror. Para él destinaron otra cosa: una labor capaz de acorralar su energía. Algo que tranquilice sus deseos, despiste sus demandas, agote sus músculos, atasque sus horarios, consuma su obstinación, desintegre sus neuronas y desbarate su ideario. Después pusieron horario y fecha de entrega. Acordaron un pago ("porque nada es gratis en esta vida"). Y listo. Con una buena tarea se puede vencer al que más enfada. Pues la presa define siempre el arma para su caza. Ya se dijo.   

Sobre la cabeza

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Creía que si apoyaba cosas sobre la cabeza se vería más linda. Como si los parámetros de belleza fueran construídos por Carmen Miranda.  Empezó adornando su cabello con imágenes recortadas en las revistas. Coloridos monigotes, mariposas dibujadas, flores de papel, grullas de origami hechas por mamá. Después vinieron los pianos, los yunques, los armarios contenedores de historias. Cargó una casa, dos familia, tres oficinas. Montó sobre su cabeza los planos del pasado y, de la posteridad, se trajo sólo las reliquias. Apoyó, sin delicadeza ni disimulo, un mundo cuadrado encima de su frente. Como un Atlas rebelde o mal informado. Depositó ropa vieja, botellas vacías, cartones lavados y basura en buen estado. Nunca rulos. Y si bien es cierto que se sintió más bella y más alta, la jaqueca le impidió (en alguna oportunidad) avanzar con tamaña carga.

Aquí y ahora

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Aquí y ahora Aquí, 1861 “Aquí, -dice el hermano señalando el piso-, en este mismo lugar, había un cementerio de indios”. Ella levanta los pies y se acurruca en la cama, como alejándose lo más posible del suelo. Él sigue relatando detalles de muerte y descuartizamiento. “Son brutos, feroces, caníbales”, explica. Mamá ha dicho que son salvajes y llegan en malones para arrasarlo todo. Finalmente se amuchan bajo la frazada y escuchan, por falta de sueño. Hay chicharras, sapos, zorros. Nada extraño. Pero también hay sonido de caballos. Lejanos. Como preparándose para venir. Zapatean el piso, relampaguean en el horizonte y se anuncian con olor a sangre. Los hermanos esperan aterrados.  La noche trae relinchos de indio y los bordes del mundo civilizado se encogen. Ahora, 2021 Ahora se ha cortado la luz. No es raro en noches calurosas: los aires acondicionados bajan a dieciocho, las heladeras se abren incansablemente y los ventiladores vetustos hacen saltar los transformadores del barrio....

La cuerda

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Martina tiene doce años y dibuja una cuerda. “Es fácil de dibujar y es útil'', explica. “Tanto sirve para atar a las personas como para salvarlas, cuando han caído en el fondo de un pozo”. Él cuenta lo que necesita contar y sus palabras se lanzan de la boca al cielo. En fila sale la crónica, porque unas cosas pasaron antes y otras vinieron después. Las letras se pueden ver, sucediéndose. El pico de una se aferra a la cola de la que va delante. Mientras su rabo se engancha al hocico de la letra que va detrás. Se enlazan, engarzan, acoplan y unen. Hasta formar una soga.  Cruza la ciudad una cuerda de palabras encadenadas que cuentan la historia que era necesario contar. Como tendedero de ropa, hay gente que se cuelga y sigue en el vuelo que avanza, (pues toda narración debe avanzar). No son pasajeros de un colectivo en hora pico, aferrados al caño. Más bien parecen trozos de telas atados en la cola de un barrilete. Envalentonados, al ritmo del viento y del relato, deteniéndose an...

Adelita

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  Si Adelita se fuera con otro, quién mi cuerpo y mis calzones cuidará, quién cocinará al regimiento, quién por las noches me ha de sanar… Soldaderas, rabonas, bomberas, adelitas… esas que van detrás. Enamoradas de sus hombres y de la causa, son la retaguardia de la ilusión. Están cuando ellos vuelven, para remendar heridas o celebrar victorias. Están cuando ellos faltan, para disparar en batalla o apalear malandras. Disfrazadas de mujeres pueden espiar sin ser vistas. Fingen no estar y no están. Para el enemigo no están, tampoco para los cronistas patrios. No figuran en los partes de guerra, ni en los listados de cobro, ni en los registros de bajas, ni siquiera en el inventario de recursos. Pero alguien carga los petates, las frazadas, los hijos, las municiones, la fe de existir y el testimonio de haber contribuído. Ellas son las que, al final, confirman el nombre del muerto. En los bordes del relato arman campamento, despliegan fuegos, guisan aromas. Zurcen uniformes y espantos, ...

El faltante

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El viento sacudió la cortina y eso despertó al gato. El gato desplegó la cola empujando suavemente la pelota azul. Ésta rodó por las baldosas hasta detenerse en un charco de mermelada donde un grillo se había empantanado unos segundos antes. El choque expulsó al grillo de la ciénaga dulce, lo que terminó de convencerlo sobre el desatino de su andar por el interior de la casa. Retrocedió, entonces, buscando el patio mientras dejaba unas huellas acarameladas. En el camino atravesó una hilera de hormigas abstraídas que fueron incapaces de alterar su recorrido ante el paso dulzón del grillo. Salvo una, que dudó un momento, rompió la fila y olfateó las pisadas con mermelada. La oveja negra, digo, la hormiga negra no se reveló a su especie sino que estableció una bifurcación que desandaba la ruta hasta el charco pegajoso. Allí reagrupó fuerzas, montó una base y estableció nuevas tareas e itinerarios. Fue en ese preciso instante que una partícula de chocolate cambiaría sus destinos.  Prim...