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Camino a la cena

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Siente que su mamá lo llama. Está en la calle, jugando con otros chicos de pantalones cortos, como él. No tiene ganas de volver, así que hace que no escucha. Llega su nombre de nuevo, en un español afrancesado que es capaz de reconocer entre todo el cocoliche que se oye en el lugar. Su mamá es la única familia que tiene, es la mejor familia que tiene (piensa) y ahí se le estruja el corazón. Saluda, entonces, para emprender el regreso a casa. Pasa por la puerta de un bar y hay una banda de música ensayando. Se apoya en la entrada y escucha y silba. Hasta que el dueño lo espanta con el repasador, como si fuera una mosca rondando las mesas. Se mete en el conventillo. Hay una pieza con la puerta abierta, alguien toca la guitarra y canta en un idioma que el chico no entiende. Más allá hay una mujer lavando mientras entona una zarzuela. Él pasa caminando al compás. Espera para taconear justo al final, entonces la señora descubre que tiene público y le agradece con una sonrisa. El tano del fo...

Señora, estamos ofreciendo

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“Productos de limpieza, señora, estamos ofreciendo. Todo suelto, señora, para la limpieza de la casa”. “¿Señora en casa limpiando?”, piensa el hombre que escribe. “¿No es un estereotipo?”, piensa el hombre. “¿Sólo clientas mujeres puede tener?”, piensa. Por eso se asoma y le hace una seña al vendedor. Ha decidido bajar y realizar una compra que desbarate la exclusividad del “señora” sonando por el megáfono del camión. “Para pisos”, alcanza a decir y el vendedor despliega sus opciones: limpiador desodorizante concentrado, flower ultra, neutral (con pH neutro), acondicionador de pisos, removedor o secuestrante de polvo. “Si, no, eso”, responde el que ha bajado. ¿Pisos cerámicos, granito, mosaicos, maderas, flotantes o cemento alisado? “Lo primero”. Necesitará paño, trapo, mopa, lampazo. "Necesitaré". Se sugiere el bidón por sobre el envase de litro, ¿es para un mes o dos? “Es”. El hombre que escribe dice basta y saca el último billete que le queda. También se detiene el ven...

El ojo del tiempo (poema encubierto)

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Tic tac, pestañea. Tic tac, vigila. El ojo del tiempo sabe de memoria lo que pasará y sólo se asegura de estar en lo cierto. Corrige los milímetros descarrilados que se muestran mal, siguiendo a rajatabla el libreto.  Entonces Ulises, por detrás, le tapa el ojo único con fuego. “Nadie”, dice y es lo que escucharán gritar. Y no habrá quien se asombre, pues se oirá natural. Ya que NADIE suele ser el responsable de las cosas graves que han ocurrido (y ocurrirán) a través de los pueblos. Aprovechemos a jugar (ya que ciego está el lobo que da vida al tic tac del calendario eterno). Una ronda más, y otra para el final. Escapemos de la coherencia lineal de ayer, hoy y mañana. Seamos antes en después y ahora hagamos lo que se nos dé la gana. El colirio llegará y con él se enmendará la llaga.  Rápido, a correr… desbaratemos los almanaques que separan los vivos de los muertos. Abracemos a quien no esté con suficiente cuerpo. Un beso, un gesto tibio, un sonido gutural, una palabra. ...

El personaje

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El personaje va y se le instala en la cocina. Que es, por otro lado, un buen lugar para instalarse. Se le sienta a la mesa y pica lo que llega a sus manos, pero no con la voracidad de la Nona, con desgano. Llenando el tiempo más que la boca. Sordo a las indirectas, inútil frente a las decisiones de su cuerpo. Como el último borracho del bar, incapaz de notar que todas las sillas están dadas vueltas sobre las mesas y el piso ya fue barrido. Cuando era joven y empezó a escribir siempre lo hacía por el final. Las tres primeras líneas mostraban el remate, la moraleja, el “para qué” de los personajes. Luego seguía por el principio, con la tranquilidad de quien ya compró el boleto hasta el último destino. Y puede dormirse en el asiento sin temor de pasar por alto su estación. Pero en algún punto de la vida el tren estiró el recorrido, las secuelas desbarataron todo desenlace y nacieron hijos de los protagonistas. No halló certezas en el después. No halló certezas en el ahora, tampoco. Las ga...

ropa azul

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  Se agita el oleaje azul en el tendedero. Remeras, manteles, pantalones, calzoncillos. El viento hace lo suyo: seca. Pero en el trayecto sacude y navega. Hay un mar de ropa que invita, que hace vibrar los broches, que quiere levantar vuelo. Por eso Ivan acepta. Hace meses que sueña con una travesía.  Aparecen puertos, ya que no existen océanos que florezcan lejos de la orilla. Tiburones aparecen, porque el peligro estimula la imaginación y estira la trama. Triunfos se requieren, pues resulta imprescindible permanecer con vida.  Ivan busca una isla, un tesoro pirata, un mapa con pistas. Su nave encalla y la tripulación huye. De pronto es un róbinson en tierra. Habita cabañas de sábanas, frota broches para encender fuego, se alimenta sobre un balde boca abajo que oficia de mesa.  Ivan sobrevive la soledad de una isla que no existe, dentro de la soledad de una cuarentena que persiste. Y ni siquiera está Viernes, para hacer más llevaderos los días.

Raul redondo

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A Raul le gustan las rondas, los juegos circulares y tirar el trompo sobre suelo plano. Ama las calesitas. Le encanta ver cómo mamá desaparece y aparece intacta, un rato después. Se detiene ante las bolas de espejos que ofrecen algunos negocios y una vez fue incapaz de seguir caminando hasta perder de vista un camión mezclador.  Cumple cinco años cada febrero y siempre pide el mismo cuento antes de ir a dormir. Sobre un oso blanco que se transforma en nube para recorrer el mundo. Hasta que la lejanía y la nostalgia lo hacen querer volver a su cueva, buscando una reparadora hibernación. Desayuna tres tostadas, inaugura la primavera con su remera azul de mangas cortas, los jueves de verduras hace lío para comer, nunca llega a los pedales de la bicicleta y puede reconocer el otoño, ya que debe ponerse saco antes de salir.  Una noche soñó con un punto de fuga, una avenida larga que no tenía fin y una calesita que se convertía en tren. Las cosas que veía en su pesadilla no volvían ...

ESTATUA

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Lo de permanecer quieta es lo de menos, hay cosas peores en el oficio de ser estatua.  Conocida es la labor de las palomas, pues su mala prensa las precede. El viento, la lluvia, el granizo, por otra parte, se limitan a cumplir funciones. Y el efecto corrosivo del progreso es un derivado ya sabido del apetito humano. Pero no hablo de eso. Tampoco de los cambios de gobierno que las llevan, las traen, las esconden o las pulen para renovarles el brillo. Ni siquiera me refiero a los derribos que a veces la historia provoca con sus deconstrucciones.  Ser estatua no es trabajo sencillo. Soportan nidos, burlas, pequeños imitadores. Avenidas, subterráneos, carteles, pintadas con aerosoles. Placas que desaparecen llevándose su biografía, para ser fundidas por enemigos políticos o hambrientos ladrones.  Lo peor es soportar estoicamente la guerra del tiempo y despertar un día con el mote de “adorno”, pues ya nadie es capaz de recordar su nombre.   

siete minutos

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  Ella camina detrás de ella, lo cual explica su facilidad para tropezar. Siete minutos detrás, va el cuerpo. Cuando ella recién dobla la esquina, ella ya se ha tomado el colectivo. Está desempañando la ventanilla para no perder de vista los carteles de la calle y aligera los zapatos que ajustan en los talones. Por eso, en la parada, estira la mano al paso de un camión de la basura, pierde su lugar en la fila y es incapaz de dar la hora cuando le preguntan. Finalmente se apoya mal en un peldaño del colectivo y tropieza, provocando así, el encuentro entre ella y ella. Entonces se sacuden el polvo y la vergüenza, mientras descubren que aún no han pagado el boleto. Todavía les falta tomar asiento, limpiar la ventanilla y aflojarse los zapatos.  Ella encuentra conversaciones empezadas, trámites a medio hacer, películas en desarrollo y disputas acaloradas. Va seiscientos sesenta y cinco pasos detrás. Lo cual explica sus repentinos aires de sorpresa, sus preguntas repetidas, sus dis...

Sin entender

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Le cosquillea el pie, por eso lo sacude. Debajo del pupitre mueve el talón para allá y para acá. Ahora los dos. Primero hacia el mismo lado, luego en espejo. Las rodillas se le entumecen, entonces las separa y las une. Un charleston silencioso acontece en el inframundo de la mesa. Las manos se suman al festín. Bajan y taborean en los muslos. Es una balada conocida, seguramente si la cantara en voz alta el curso entero se sumaría. “Hasta el maestro”, piensa. Su cuerpo toma nota. De lo que sucede abajo, no del dictado que resuena en la clase. La cadera se balancea y los hombros no hacen fuerza para disimular el rebote que sienten. La espalda es un oleaje. “¿Te pica?”, pregunta el docente con cara de enojo. “No, me duele”, dice sin mentir. Le duele la silla, el escritorio, el aula y el dictado.  No es arrogancia ni temeridad. Su cuerpo ha dejado de responder a los mandos naturales. No entiende. Poco importa si le ordenan sentarse, estar quieto, permanecer erguido. Los músculos protest...

Maqueta

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  Samuel termina la maqueta de la casa justo a tiempo. Ahora la dejará secar sobre el armario. Alto, para que nadie toque. Puede juntar los trozos de cartón que quedaron sobre la mesa, la plasticola, los lápices. Ya se sienten los aromas de la comida y mamá espera que termine, con el mantel en la mano.  “Cada espacio de la casa tiene una función”, dijo la maestra y habló del baño, provocando la risa general. Nombró el dormitorio, la cocina, el comedor y las habitaciones. Enumeró más lugares, pero creo que Samuel ya no escuchó. Con una caja armó dos piezas, les puso camas de varios tamaños, para repartir. Después recortó ventanas acá y allá. Un envase de salsa de tomate se convirtió en cocina y otro en comedor. Samuel terminó su maqueta agregando un balcón, un patio con plantas dibujadas y un galponcito atrás, donde guardar herramientas.  Después de la cena correrán la mesa y desplegarán los colchones. Hay que acostarse temprano para ir temprano a la escuela. Y mostrar, or...