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Formas

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Se tira en el pasto a mirar el cielo. Busca formas en las nubes. Ve caballos, patos, bicicletas, termos de tereré. Cuando le dicen que debe levantarse sigue viendo cosas en las manchas verdes que quedan en la ropa.  Encuentra objetos, gente, animales, seres fanáticos. En la borra de la chocolatada, las salpicaduras de salsa, las aureolas del vaso helado, las migas dispersas del pan. No hay modo de aburrirse en la mesa. Tampoco en los caminos, donde las sombras muestras más de lo que sus amos piensan. El árbol proyecta formas de tortuga, de escarabajo, de miedo. El poste tiene sombra de termómetro, y no hay modo de ocultarlo. Las cúpulas arrojan perfiles de tetas, aunque la reten por decir eso.  Las grietas del piso marcan contornos. No adivinan el futuro ni envían mensajes de ultratumba, sólo juegan, dice. La humedad de la pared habla. La gotera del bidet. El tornasolado de la madera vieja. Los tres colores de las gatas.  ¿Qué hay acá?, pregunta el terapeuta mostrándole l...

Movida

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Salió movida la foto y es la única que existe de ellos dos juntos. Podrían ser cualquiera. Podrían no ser. Desdibujados posan para una imagen imposible. Fue un segundo en el tiempo. Y ni eso fue. Entonces ella escribe y recuerda. Pone en palabras el paisaje, el momento, los detalles. Los olores, la temperatura, el sol deseable del otoño. La aspereza del vestido, el rozar del pelo, la incomodidad de la pose.  Cuando llegan los hijos, los que vienen luego, esos que nacen más tarde, preguntan. De aquel encuentro sólo queda un retrato sin rostros y un relato de parte. Ahora ellos son un texto. Un perfil de adjetivos que muestra y esconde, que también permite moldearse a gusto del lector. Un poco más pálidos, más bajos, más bellos. Pueden ser cualquiera y tal vez no.  Alguien escribió una duda en la contracara de la imagen borrosa: “¿Qué nos muestra más cómo somos, una foto o una descripción?”. 

El ventilador

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El ventilador sueña ser hélice de avioneta, tal vez por eso imita sus sonidos. Sacude cosas de un lado a otro en su intento por levantar vuelo, por cambiarle la dirección al viento, por desbaratar nubes.  Pero está fijo en la tarde calurosa, en la pieza chica y mal oxigenada. Empuja papeles de la mesa, en su enojo de no ser. Despeina adornos colgantes. Hace temblar las fotos heridas de chinches. Protesta desde el motor, a buen volumen. A veces parece que se calla, pero es sólo para tomar impulso.  Ella quisiera ser aviadora, tal vez por eso colecciona fotos de lugares distantes. Sueña ver desde arriba el mundo, como para dibujar mapas a mano alzada. Cierra los ojos y pilotea un bramido de ventilador. Cruza el desierto en una nave descapotable. Se deja despeinar por un remolino del Sahara. Busca un húmedo oasis donde aterrizar sus deseos.  Pero está fija en la tarde calurosa, en la pieza chica y mal oxigenada. Hasta las seis y veinte, momento en el que termina su turno....

La trenza

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Mi mamá tenía una trenza tan larga que le llegaba a la cola. Cada dos días la desarmaba para lavarla y luego la volvía a trenzar. Cuando destejía su pelo salían sonidos de río marrón, y más de una vez vi asomarse un dorado, un surubí, un bagre entre el oleaje del cabello. Desenredaba las madejas y los claveles del aire. Trasladaba nidos hacia otras ramas, para no despertar al benteveo, al biguá, a la calandria.  Tenía un brillo de arcilla, el que deja el agua cuando viene y se va. A veces sacaba una cana descarada o un hilo de caraguatá. Tejía, entonces, una yisca con reflejos rojos, negros, mate. De vez en cuando agregaba un verde camalotal. De esos que trae la bajante, con tigres que comen curas. Deshilachaba la noche, estrella a estrella, en la oscuridad de su pelo. Salvando las tres marías, en memoria de quienes llegaron por el puerto. Ya que el cielo nocturno era el único paisaje que los hacía sentir menos extranjeros. El abuelo italiano que ató sábanas para escapar, el españo...

La visita

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El gigante va a visitar a su mamá. Cruza las montañas en siete pasos y llega a una casa chiquita. Porque la mamá del gigante tiene la misma altura que tu mamá o la mía, (hasta un poco menos, te diría). Ella lo espera con diez tortas, veinticuatro docenas de facturas, ocho kilos de bizcochitos y alguna que otra cosita hecha en el último minuto. Después le ofrece un café con leche que prepara en la olla grande donde, cada nueve julio, se cocina un locro para todo el pueblo.  El gigante desayuna y escucha las novedades que su mamá le cuenta. También responde a esas preguntas que hacen las mamás cuando nos ven de vez en cuando: ¿Comés bien? ¿Descansás? ¿Pasás frío? ¿Sos feliz? Luego se van a pasear por ahí, los dos juntos. El gigante pone a su mamá en la mano para que ella pueda ver mejor el pueblo, los árboles del camino, el lago lleno de patos.  A la tarde hacen picnic con frutas recolectadas en la excursión, (y los mil trescientos cuarenta y dos panqueques que preparó la mamá d...

Navidad 1978

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Navidad es un árbol triangular pegado a la ventana. Una guirnalda hecha con diarios en checo. Una muñeca rusa procreando muñecas rusas que procrean nuevas muñecas rusas. Un país helado que calefacciona las veredas. Una tele que habla en otro idioma. El mismo vestido que usé para salir de la Argentina.  Navidad es una imagen en blanco y negro de cuando los tres éramos muy chicos. Un retrato de época, en una época de pocos retratos. Una foto en la que estoy en primera fila. No es sólo una cuestión de altura: yo decido ser el escudo. Quiero defenderlos, protegerlos de los días que vendrán y los días que ya se fueron.  Navidad es un recreo en el exilio.  Ah, además está Jesús y esas otras cuestiones que todavía no entiendo. 

Limpieza

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  La muerte está esperándola en la puerta, pero ella aún no ha terminado de lavar los platos. “¡Ya voy!”, le dice mientras agrega detergente a la esponja. No le parece prolijo dejar la vajilla escurriendo sobre la mesada, así que la seca y la guarda. La alacena, (acaba de descubrir), está completamente desordenada. Tal vez requiera unos minutos más, antes de partir. “Paso un trapito y salgo”, dice después, usando un diminutivo que no aligera el trabajo, pero simula acortar los tiempos. Saca el polvo de los adornos, repasa las superficies de madera, desbarata las telas de araña y, finalmente, lustra el piso con el lampazo. “Así, no nos vamos más”, piensa la muerte y entra para dar una mano.  Una barre las piezas, la otra cambia las sábanas. Una descuelga la ropa, la otra guarda frazadas. Una riega las plantas, la otra embolsa hojas secas. Una dice “ya está”, la otra aprueba con la cabeza. Entonces se van. A celebrar la prolijidad, la pulcritud, la paciencia. A celebrar se van, ...

Atajo

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Le contaron de un atajo y lo tomó. Creyó llegar, así, más rápido al centro. Se encontró con un vecino observador que le dió indicaciones sin salir de su ventana. Más allá había una dama, que solía ser Mateo, que brindó precisiones más preciosas sobre cómo seguir el recorrido. Se topó con una fiesta y saludó al cumpleañero. Chicos, grandes, globos, música, gritos, torta y palitos salados. En la calle, a contramano, porque nadie tiene un patio grande, porque el que pasa ingresa, automáticamente, en la lista de invitados. A seguir lo ayudó el cobrador de la cooperadora del hospital, le indicó que al final podía hallar el camino. Justo al lado de un desvío, que los alumnos conocen, pues les para el colectivo, si ellos muestran el carnet. Allí unos grafiteros, que vaciaban aerosoles y botellas, le dibujaron una flecha para avanzar. Una evangelista con pollera le indicó exactamente, a dónde podía llegar. A la hora de la siesta, sólo un perro acurrucado en la sombra pudo darle directivas sile...

Papel

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 “Para evitar cortar árboles”, dijeron, y pareció razonable. Fue por esos días que los libros de papel desaparecieron. Los ya impresos se cargaron de ácaros peligrosos para la salud. "Resultó necesario alejarlos", explicaron, y pareció prudente. Para leer estaban las pantallas, iluminando el interés de los lectores o el cursor de quienes escriben.  Después el tiempo pasó como pasa siempre: imperceptible pero certero. Convirtiendo novedades es costumbre, en ley escrita, en sentido común. El saber corría por venas electrónicas consumiendo la energía de aquel presente, de aquel futuro, y los siguientes. Por eso la primera noche de apagón fue un caos. La segunda también. Luego se descubrió que los gritos dolorosos no son útiles para ahuyentar sombras. Entonces las madres comenzaron a recitar cuentos, los adolescentes leyendas urbanas, las vecinas chimentos en rima y los viajantes descripciones plagadas de adjetivos. Alguien anotó en un papel lo que le acababan de decir, a fin de ...

Mesa de luz

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Margarita se lleva una mesa de luz marcada. Alzada se la lleva. Ahora es suya, pero antes debió ser de alguien más. Alguien que la dejó parada/tirada en la vereda, junto a cajones sueltos, pedazos de madera, cartones. Le pareció bella. Antigua le pareció. También le pareció que la llamaba. Todo eso dirá, si le preguntan. Porque seguro le van a preguntar por qué llega de la calle con una vieja mesa de luz entre los brazos. La limpia. Piensa en lijarla. Pintarla, tal vez. Entonces descubre que tiene una aureola en la superficie. Clara, redonda, perfecta. ¿Un vaso? ¿Una taza? ¿La copa que olvidaron los amantes? ¿El agua que permite tragar las últimas pastillas? ¿Leche tibia para descongelar una cama inútilmente doble? ¿El recipiente donde la dentadura duerme? ¿Un café de espera? ¿El tilo de las nueve? Margarita tiene una mesa de luz sin pareja al borde de la cama. Antigua es, también bella. Por eso no necesitó ser pintada. Tiene una aureola que le cuenta una historia distinta cada noche. ...