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El personaje

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El actor se maquilla y el personaje sonríe. Aplica un poco más de blanco, repasa los labios, acentúa las líneas. El cosquilleo en el estómago se va transformando en nudo, luego en retorcijón. Un vasito para pasar los nervios, piensa y toma dos, tres, cuatro. Ahora le pesan los ojos.  Cuando llaman a escena el personaje se presenta. Proyecta la voz, se mueve en diferentes planos, comprenden sus expresiones en la fila cuarenta. Se luce y por eso el público aplaude. Hace una reverencia sobreactuada y un agradecimiento sincero. Pero sólo uno. Entonces desaparece. No puede quedarse para el segundo saludo, debe correr al camarín antes que el actor despierte. 

ventana de tiza

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  Mateo usa tizas de colores para dibujar una ventana sobre la pared de su pieza. En ella garabatea una plaza con árboles y juegos. Con hamacas, porque es lo que más le gusta. Con un tobogán enorme y un pasamanos bajito, para que no sea tan difícil. Termina y sale a disfrutar lo dibujado. La sombra fresca de los árboles, la posibilidad de repetir y repetir su paso por los juegos.  Otro día pinta un mar azul-celeste-blanco. Con espuma suave en la costa y oleaje alto detrás. Con barcos que pasan muy lejos, pegados al cielo sin nubes. Él se mete en la orillita porque mucho no sabe nadar y casi siempre olvida dibujar salvavidas. Se moja hasta la cintura y, de tanto en tanto, hunde la cabeza (como alguna vez le enseñó mamá). También le gusta hacerse milanesa, construir castillos sin balde y abrir canales para que transite el agua salada. Después se sacude la arena y vuelve a entrar a su pieza.  Los días que está triste marca estrellas en un cielo nocturno. Gasta la tiza blanca...

Mirada

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  Hablar con los ojos a falta de palabras. Mirar hasta agotar el discurso. Intentarlo, por lo menos. Contemplarte como sombra larga, como cristal, como espejo. Saborearte, entre pestañeo y pestañeo… Ella probó con sonidos torcidos que nadie comprendía. Provocaba risas. Señaló sus afectos, buscó su costado, levantó los brazos (porque inevitablemente se hallaban más alto). Abrió y cerró sus manos, como si un imán humano pudiera atraer a quienes más quería. Pero no resultó bien. Los otros, esos otros allá arriba, no entendían. Cuando aprendió a escribir y a expresar con diccionario sus sentimientos, ya no estabas aquí para leerla. Pero debés saber que redactaba cartas a tu nombre y las guardaba, luego, en un cajón. Como si fuera un buzón del que vos pudieras retirar los mensajes.  Te quiero, dijo y no lo dijo mientras te miraba. Te acarició con los ojos y encerró el infinito en un instante. Entonces alguien sacó una foto cargada de palabras.

vas esperando

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Durante el viaje habla con el cielo. Le pide prudencia a la lluvia, piedad al sol, madurez al viento. Descifra nubes rosadas en medio de un mar de lava, hacia el final de la tarde. Después cuenta estrellas. Lee como diario de ayer lo que va acumulando en el espejo retrovisor. Entiende las tormentas que, en el frente, se dibujan a lápiz y se esfuman con el dedo. Por eso sabe cómo estará el tiempo en la ruta, antes de doblar o cruzar el peaje. No le asombra que el cielo pregunte: ¿Dónde vas? ¿Con quién? ¿Hasta cuándo? No le llama la atención que cuestione, que retruque: ¿Cuál es el propósito? ¿Cómo crees que saldrá? ¿Qué vas esperando? No le miente al contestar, sería inútil. De vez en cuando se evade. Silencia frases por vergüenza, también por desconocimiento. A veces, simplemente, ignora la respuesta. En el horizonte, el cielo promete cercanía. Allá, donde el camino se pierde. Cuando llegues, hablamos, dice. Y usa la misma frase que lo expulsó hace unos días. Toma la bifurcación, el ca...

Formas

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Se tira en el pasto a mirar el cielo. Busca formas en las nubes. Ve caballos, patos, bicicletas, termos de tereré. Cuando le dicen que debe levantarse sigue viendo cosas en las manchas verdes que quedan en la ropa.  Encuentra objetos, gente, animales, seres fanáticos. En la borra de la chocolatada, las salpicaduras de salsa, las aureolas del vaso helado, las migas dispersas del pan. No hay modo de aburrirse en la mesa. Tampoco en los caminos, donde las sombras muestras más de lo que sus amos piensan. El árbol proyecta formas de tortuga, de escarabajo, de miedo. El poste tiene sombra de termómetro, y no hay modo de ocultarlo. Las cúpulas arrojan perfiles de tetas, aunque la reten por decir eso.  Las grietas del piso marcan contornos. No adivinan el futuro ni envían mensajes de ultratumba, sólo juegan, dice. La humedad de la pared habla. La gotera del bidet. El tornasolado de la madera vieja. Los tres colores de las gatas.  ¿Qué hay acá?, pregunta el terapeuta mostrándole l...

Movida

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Salió movida la foto y es la única que existe de ellos dos juntos. Podrían ser cualquiera. Podrían no ser. Desdibujados posan para una imagen imposible. Fue un segundo en el tiempo. Y ni eso fue. Entonces ella escribe y recuerda. Pone en palabras el paisaje, el momento, los detalles. Los olores, la temperatura, el sol deseable del otoño. La aspereza del vestido, el rozar del pelo, la incomodidad de la pose.  Cuando llegan los hijos, los que vienen luego, esos que nacen más tarde, preguntan. De aquel encuentro sólo queda un retrato sin rostros y un relato de parte. Ahora ellos son un texto. Un perfil de adjetivos que muestra y esconde, que también permite moldearse a gusto del lector. Un poco más pálidos, más bajos, más bellos. Pueden ser cualquiera y tal vez no.  Alguien escribió una duda en la contracara de la imagen borrosa: “¿Qué nos muestra más cómo somos, una foto o una descripción?”. 

El ventilador

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El ventilador sueña ser hélice de avioneta, tal vez por eso imita sus sonidos. Sacude cosas de un lado a otro en su intento por levantar vuelo, por cambiarle la dirección al viento, por desbaratar nubes.  Pero está fijo en la tarde calurosa, en la pieza chica y mal oxigenada. Empuja papeles de la mesa, en su enojo de no ser. Despeina adornos colgantes. Hace temblar las fotos heridas de chinches. Protesta desde el motor, a buen volumen. A veces parece que se calla, pero es sólo para tomar impulso.  Ella quisiera ser aviadora, tal vez por eso colecciona fotos de lugares distantes. Sueña ver desde arriba el mundo, como para dibujar mapas a mano alzada. Cierra los ojos y pilotea un bramido de ventilador. Cruza el desierto en una nave descapotable. Se deja despeinar por un remolino del Sahara. Busca un húmedo oasis donde aterrizar sus deseos.  Pero está fija en la tarde calurosa, en la pieza chica y mal oxigenada. Hasta las seis y veinte, momento en el que termina su turno....

La trenza

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Mi mamá tenía una trenza tan larga que le llegaba a la cola. Cada dos días la desarmaba para lavarla y luego la volvía a trenzar. Cuando destejía su pelo salían sonidos de río marrón, y más de una vez vi asomarse un dorado, un surubí, un bagre entre el oleaje del cabello. Desenredaba las madejas y los claveles del aire. Trasladaba nidos hacia otras ramas, para no despertar al benteveo, al biguá, a la calandria.  Tenía un brillo de arcilla, el que deja el agua cuando viene y se va. A veces sacaba una cana descarada o un hilo de caraguatá. Tejía, entonces, una yisca con reflejos rojos, negros, mate. De vez en cuando agregaba un verde camalotal. De esos que trae la bajante, con tigres que comen curas. Deshilachaba la noche, estrella a estrella, en la oscuridad de su pelo. Salvando las tres marías, en memoria de quienes llegaron por el puerto. Ya que el cielo nocturno era el único paisaje que los hacía sentir menos extranjeros. El abuelo italiano que ató sábanas para escapar, el españo...

La visita

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El gigante va a visitar a su mamá. Cruza las montañas en siete pasos y llega a una casa chiquita. Porque la mamá del gigante tiene la misma altura que tu mamá o la mía, (hasta un poco menos, te diría). Ella lo espera con diez tortas, veinticuatro docenas de facturas, ocho kilos de bizcochitos y alguna que otra cosita hecha en el último minuto. Después le ofrece un café con leche que prepara en la olla grande donde, cada nueve julio, se cocina un locro para todo el pueblo.  El gigante desayuna y escucha las novedades que su mamá le cuenta. También responde a esas preguntas que hacen las mamás cuando nos ven de vez en cuando: ¿Comés bien? ¿Descansás? ¿Pasás frío? ¿Sos feliz? Luego se van a pasear por ahí, los dos juntos. El gigante pone a su mamá en la mano para que ella pueda ver mejor el pueblo, los árboles del camino, el lago lleno de patos.  A la tarde hacen picnic con frutas recolectadas en la excursión, (y los mil trescientos cuarenta y dos panqueques que preparó la mamá d...

Navidad 1978

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Navidad es un árbol triangular pegado a la ventana. Una guirnalda hecha con diarios en checo. Una muñeca rusa procreando muñecas rusas que procrean nuevas muñecas rusas. Un país helado que calefacciona las veredas. Una tele que habla en otro idioma. El mismo vestido que usé para salir de la Argentina.  Navidad es una imagen en blanco y negro de cuando los tres éramos muy chicos. Un retrato de época, en una época de pocos retratos. Una foto en la que estoy en primera fila. No es sólo una cuestión de altura: yo decido ser el escudo. Quiero defenderlos, protegerlos de los días que vendrán y los días que ya se fueron.  Navidad es un recreo en el exilio.  Ah, además está Jesús y esas otras cuestiones que todavía no entiendo.