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Y prometo no volver

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“ Esa mirada de mirar que me voy más lejos cada vez”  O. Orozco ...uso esa mirada. Y prometo no pisar jamás esta casa que es nuestra. Y escupo por los ojos. Y cierro las siete puertas que nos separan de la vereda y empujo treinta y seis cuadras hasta dejar atrás este barrio que es nuestro. Me subo a las primeras cuatro ruedas que corren hacia el sur. Y miro al norte y me río. Te imagino llorando de ausencia. Y lloro a carcajadas. Te maldigo y te lo merecés. Y ya estoy tan lejos que ni preguntando por Roma hallarás mi rostro. Y nado hasta que las aguas se tornan frías y vuelo a donde el mapa se hace a tanteo (porque nadie puede dar fe de cómo son sus contornos). Y salgo al otro lado (porque siempre hay otro lado) y sigo riendo a mares... así, tan húmedamente. Escapo hasta olvidar el nombre de los hijos que fueron mis padres alguna vez. Y ya ni sé quién soy. Camino. Y llego. Y golpeo la puerta, y vos ahí diciéndome que es pronto, que todavía no me esperabas, que no hace ni...

Estanterías

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No hay un día primero, o tal vez sí, pero uno lo olvida. Se comienza guardando un objeto, un símbolo, un recuerdo, de repente los cajones no cierran. Los estantes no alcanzan, los espacios se pueblan, los anexos se inventan.  Ahora ella debe mudarse. Y hace una selección primera y una segunda también. Intenta tirar, repartir, regalar, devolver. Pero no puede. Le resultaría más sencillo donar un órgano, cree. “Son mi historia”, argumenta. Va a estar en ese dilema las últimas dos semanas que cubre el contrato. Pide cuatro días más. Sueña con fuego, siente olor a quemado. Debe tirarse por la ventana. Abajo la esperan, le gritan, piden que se apure. Una última mirada recorre la casa, una última opción para elegir. ¿Qué llevar? ¿Qué resulta imprescindible para seguir? Sabe la respuesta. Recién entonces la sabe. Enumera sus necesidades: esa primera mirada, el roce, su nombre sonando en el altoparlante, la risa delatora, dos o tres buenas preguntas, abrazos irrecuperables, lápidas ...

Barras y estrellas

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El delito es no pertenecer, y uno cree que se habla de nacionalidades, de visas, de fronteras. Quien es desterrado en país ajeno, ya lo era en suelo propio. La pertenencia a un lugar tiene costos no accesibles a todos los bolsillos. Nacer en un espacio nada garantiza. Nacer, a veces, es sólo anecdótico. La condena es ver la noche desde una ventana con barrotes, es el boleto de vuelta a un lugar que ya no existe. Y uno cree que se habla de límites, ciudadanías, pasaportes. Quien se desliza en los mapas no busca reemplazar al quieto, sólo intenta despertar vivo un día, y al siguiente también. Planificar sueños en el calendario, planificar hijos y poderlos ver planificar, después. El delito es quedar afuera: marginal, excluido, proscripto, separado. Al borde del engranaje económico que sostiene el mundo. Nadie pide visa si la nacionalidad la garantiza un banco. Al desterrado le sobra tierra, le faltan fondos. Y uno cree que se habla de xenofobia, pero el extranjero rubio, regio, ri...

Un momento

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“Será sólo un momento”, dice el fotógrafo y no miente. Ellas sonríen frente a la cámara y tienen veinte y tienen veinticinco, también doce, también diez. Le roban un rato a la comida, porque no se autorizó la reunión en horario laboral. Apenas ha pasado la mitad del día, la mitad de la vida, todavía falta otro tanto por gastar. Luego el hogar, los hijos, los hombres, o la casa, la prole, la familia (se puede usar el femenino y eso no mejora las cosas). Después del almuerzo, que ellas prepararon, volverán a la máquina que prepararon para ellas. Son ocho horas de trabajo, también diez, también doce.  Una se acomoda el cabello, otra se limpia las manos en el delantal, está la que busca su mejor perfil. Se arreglan el día de la huelga, se peinan el día de la marcha, se pintan cuando toman la fábrica. Arderán sus cabellos con rodetes al ser quemadas por protestar, sus ropas de trabajo se convertirán en estandarte de las siguientes, y las próximas vestirán sus consignas. Entonces vend...

Identidad

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Va revisando entre los libros y alcanza a romper tres adornos. Saca los cajones y da vuelta la cama. Después mira detrás de los cuadros. La ve siguiéndolo y la desviste…pero no está. Revuelve los cubiertos, tal vez entre las toallas, termina en el baño. Divisa la cartera y la vacía contra el piso. Se ha roto el perfume y corren las monedas. Por fin lo encuentra. Abriendo el documento descubre su nombre. La mujer sigue de pie, desnuda. Él lo escribe en un papel y se va, sin cerrar la puerta; ya no importa. Ella ha sido totalmente despojada.

Para decir

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Tenía tantas cosas para decir que amontoné palabras en ambos puños. Después me puse a limpiar el lugar (para escribir mejor), y terminé la tarea que debía (para estar más libre), y cumplí con las promesas hechas a aquellos que quiero (para sentir menos culpa), y acomodé las cuentas que martirizaban mi economía (para salvarme del peso de los acreedores). Entonces preparé la hoja en blanco y, frente a ella, solté los puños repletos de historias. Pero debieron haber caído cuanto tomé el escobillón, o cuando completé el trabajo o cuando conté billetes. Porque sólo tenía dos manos cansadas que narraban la vida en líneas y arrugas, pero no en palabras. 

Mi nombre

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Eligió la remera de la abuela por ser larga, tironeó un rato hasta que logró descolgarla de la soga. La paseo por el pasto, luego por el barro y finalmente encontró que el mejor lugar para descansar era debajo del árbol. Consideró que le faltaba algo a su cama y por eso se llevó una toalla que estaba secándose sobre una silla, una funda especialmente suavecita y una media marrón, (que probablemente quedó enganchada). Lo más extraño fue que mi mamá, al ver la obra terminada, no gritó el nombre del perro, sino el mío.

Sahid espera

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Sahid espera que los de la tele vayan a su escuela. Mira todos esos programas confiando que, algún vez, le va a tocar. Están los de preguntas y respuestas, los que forman equipos para hacer carreras de obstáculos, los que buscan talentos o premian al alumno que inventa algo muy muy original. Para cualquiera de esos programas, Sahid está preparado.  En los recreos mira el portón de entrada y espera. Se asoma por las ventanas, espía la puerta del aula (cuando la maestra está de espalda) y se sube a la pared del patio, pues así ve a mayor distancia. Por eso pide permiso para ir al baño a cada rato. Una vez llamaron a su mamá y le preguntaron si Sahid estaba enfermo.  Cuenta a los docentes para saber si falta alguno. Tiene la teoría que si alguien no está es porque se encuentra preparando la sorpresa. Entonces vuelve al aula ansioso, imaginando que una cámara de televisión estará en su banco. Saluda amablemente a los desconocidos que llegan a la escuela, así sea un supervisor...

Juan Arancio

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Le ofrecen tinta, pero Juan pinta con arena de la orilla, con grasa de sábalo, con yerba usada. No cuenta cosas que ve, sabe cosas que cuentan sus pinceles. Él se ríe, todo el tiempo se ríe. Saluda con las mismas palabras a Chibiro y a Tribilín. Dice adiós del mismo modo a Europa, a Estados Unidos y a Buenos Aires. Él se queda en su casa, a charlar con sus litografías, dejando la puerta abierta, por si alguien gusta pasar… Juan Arancio 1931 - 2019

Sin palabras

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Al principio fueron los sustantivos. Es lo primero que desaparece cuando se pierde la identidad. Los sustantivos son las certezas sobre la que se apoya el mundo: mamá, papá, Luisa, Mónica, Alberto… Si yo ya no era quien era, ellos tampoco.  ¿Con qué cara digo “tía” si no es la hermana de mi mamá? ¿Con qué autoridad digo hermano, prima, cuñado? Y no te hablo sólo de los parientes directos… eso es más fácil de entender, te hablo de todos los sustantivos del mundo. ¿Cómo digo “perro” si mi perro ya no es mío? ¿Quién carajo es Sandokán, ahora? ¿No te das cuenta? Los sustantivos, comunes o propios, refieren a algo que les da sentido. Mi calle no es un héroe de la independencia, es mi calle. Pero si deja de ser la dirección en donde vivo, el nombre pierde valor. Ahora dudo hasta de la independencia. Después se disuelven los adjetivos. Nada puede ser bueno o malo sin un punto de referencia. Alto era medir más que mi tío. Gorda era la abuela. Simpático era Andrés. ¿Y ahora? Los ve...