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Certificado de existencia

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El colectivo llegaría una hora tarde, pero yo no lo sabía. Nunca había certezas sobre los horarios, por eso era costumbre esperar. No con desesperación, no con ansiedad. Esperar era parte del viaje. Todavía estaba en la terminal de ómnibus, pero ya no estaba en el pueblo. Ya me había ido en el colectivo que aún faltaba llegar. Además eran las dos de la tarde y el resto de los mortales dormía la siesta. Daba lo mismo mi ausencia o existencia. Esa es la verdad. Esperaba sentada en el único banco de la terminal vacía y el viento cálido acomodaba hojas secas acá y, luego, allá. De repente un remolino de panaderos interrumpió la calma. No vi desde dónde venía. No lo esperaba a él.  Incluyó las hojas secas que el viento clasificaba. Comenzaron a bailar en redondo, alrededor mío. Miles de panaderos peludos girando en una rotonda sin salida, (como toda rotonda que se precie de tal). Algunos escuálidos, persiguiendo su plumaje perdido. Mi cabello aceptó el convite, tímidamente.  Unos s...

Tupac Amaru

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Vuelve el brazo a unirse al tronco. Otra vez son dos las piernas. Se juntan cabeza y cuello, hombro y espalda, uña y dedo. Abandonan la pica expuesta, la soga alta, el centro de la plaza, donde fueron presentadas sus partes para escarmiento de otros cuerpos. Allí, no permanecen. Escapan como imanes, se atraen y se fusionan. Ensamblan lo concreto y lo inmaterial. Vuelven a ser hombre y a ser proyecto. Entonces tiemblan de miedo las coyunturas del imperio. “Ahora nos toca a nosotros”, piensan los culpables. Dislocados, desaparecerán los virreinatos, las capitanías, las gobernaciones. Mientras él vuelve a ser uno, ellos se fracturan, se desmiembran, se descomponen. Hasta las palabras del reino se desarticulan: ES - PA - ÑOL... Desde entonces, aquellos que se reúnen en secreto para enfrentar a cualquier tipo de imperio, usan su cuerpo como santo y seña. “¡Abran! Soy el brazo de Tupac Amaru”. “Aquí está su pierna”. “Ha llegado el ojo izquierdo”. “Déjenme pasar, soy su cadera”. El tobillo au...

Paciente

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Morir de una vez y para siempre. Como final de fábula.  No a cuentagotas, no encerrado, no sentado esperando morir  de una vez y para siempre. Mira por la ventana el paisaje que hace años no pisa. El paciente de la habitación 524 no se ha muerto aún. Le traen el desayuno y esperan que coma algo para poder suministrarle los remedios. Esperan que coma, así, parados junto a él, como si fuera un animal al que están estudiado. Difícil tragar el té con leche en esas condiciones. Hasta el almuerzo pasará mirando los árboles de la plaza. Les mide las ramas, les cuenta los nidos, les habla a las flores. Una acaba de abrirse.  La flor nueva aún no se ha estirado del todo. Despliega colores frente al sol, desafiante. ¿Perfuma? Eso es algo engorroso de saber a tanta distancia, detrás de un vidrio. Surge, y ahí reside lo importante.  Cinco días más tarde los enfermeros se retiran con el desayuno terminado y los frascos de remedio vacíos. El paciente de la habitación 524 permanece...

Juana

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-¿Por qué guerreamos, Manuel? - Por la Patria... Juana cierra sus ojos por última vez. Su mano cae del catre y toca el suelo. Ahora la tierra sabe de su muerte. Llega la noticia a las raíces de los árboles, sube por el tronco, se enteran las hojas y las flores. Corre por los caminos humanos y aquellos diseñados por insectos. Se enteraron ya en el hormiguero, en la colmena, en el nido.  Las nubes, empacadas, quieren quedarse a ver. A verla. Se asoman los vientos, caen rocíos antes que la noche. Hay un silencio de zumbido, de rebuzno, de relincho, de croar, de silbido. Todos lo saben, por eso esperan. Deben haber tenido razón aquellos que la llamaron La Pachamama. Es 25 y es fiesta patria en la ciudad. Mayo asoma ventoso y húmedo. Nublado. Aún así cuelgan banderines de colores, farolas, flores recién cortadas. Sale olor a comida guisada de las casas, entonan los que cantan, se entonan los que escuchan.  Las autoridades militares están de fiesta. “¡Por la patria!”, ...

Abstinencia

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A los cuarenta y cinco días de nacida terminó la licencia de maternidad. Comenzó, entonces, su institucionalización educativa. Guardería, jardín, primaria, secundaria, universidad. Cuando dejó de ser alumna pasó a trabajar como docente. La escuela no fue su segundo hogar, ES su columna vertebral.  Hace seis meses que no está frente a los alumnos. Las vacaciones de los estudiantes se fusionaron con la cuarentena obligatoria y el aula aparece sólo en sueños. Recurrentes imágenes que se alejan y se esconde, un laberinto de pasillos que impiden llegar al pizarrón, chicas y chicos de espalda alejándose indefectiblemente.  Anoche se encontró en una sala de profesores. Un poco pequeña para todos los docentes que parloteaban. Algunos rostros pudo reconocer: colegas de entonces y de ahora, esos que le enseñaron a ella, aquellos que le hubiera gustado tener, y unos cuantos extras llenando el espacio. Sonó el timbre del fin del recreo y cada profesor tomó sus cosas para dirigirse a ...

Agatha

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Tenía doce años y un viaje de veinticuatro horas por delante. Mi abuela me compró un libro en la terminal de ómnibus, para ir tirando. Agatha Christie prometía mantenerme ocupada. Tenía doce años y una paciencia corta. Llevaba un cuarto de la novela pero ya quería saber quién era el asesino. Había hecho una apuesta interna y necesitaba que la autora confirme mis sospechas. Miré el número de páginas que faltaban. ¡Una eternidad! La voz de mi conciencia dijo algo sobre la paciencia, creo. Entonces continué leyendo al ritmo de los carteles de la ruta, siguiendo el orden numérico de menor a mayor. Tenía doce años y una conciencia que hablaba muy bajito aún. No se requería hacer demasiado esfuerzo para desoírla. Volví a las últimas páginas del libro, ojeé por diferentes lados, hasta que clavé la mirada en una oración: “...el asesino no podía ser otro que el ayudante del doctor”. Uní tapa y contratapa de un solo golpe, mientras me recriminaba con una rabia larga, como la ruta que aún fa...

El aburrido vicio del infinito

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Enterró a su único hombre ella sola en el fondo de la casa. Después nunca más se murieron las rosas, ni los malvones; y el tiempo fue asunto del resto del planeta. Sólo por eso pudo, al abrir la puerta a un viajero ochenta y cinco años después, conservar el mismo rostro. “De estar, estuvo siempre”, le dijeron. “¡Que va! La viuda no es más que un cuento para no vender el caserón de la esquina Rocha”. Él traficaba asuntos de mujeres traídos desde aquellos lugares de los que uno jamás tendrá noticias. Andaba con un maletín de puerta en puerta, miraba a los ojos, y ellas decían que sí y le compraban. Confabulaban los hombres en los bares, comiéndose las uñas en la intriga y desconfiando de las cenas al regreso. Lo concreto: el desconocido durmió tres noches en el lugar y se fue la mañana última con el mismo maletín. Después se vendió la casa de Rocha y resultó que no valía nada. La viuda había mirado los ojos del mercader para decirle que ¡NO! y anduvo, entonces, soñando con el difunto qu...

rapada

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      Le raparon la cabeza y la empujaron a la calle con los mismos camisones que enamoraron al enemigo. Le escupieron en la cara, le gritaron y no uno y no dos, sino todos. Insulta más el más temeroso, al que tal vez mañana le toque lucir en público su vergüenza. Es la gran feria del desquite. La Guerra parió grietas en los cimientos (y no sólo de los edificios). La arrastran a la luz,  si, y el hijo también, para que lo vean . Quizás herede sus ojos intimidatorios, sus gestos implacables, sus tiernas manos criminales o sus hermosos labios delatores. Por lo pronto, como él es hombre. Y, se explican (y queda claro): t iene toda la sangre necesaria en las venas para ser otro asesino .       Una mujer se abre paso en la multitud, vocifera, siente desprecio. Potsdam resulta una buena excusa para su propio odio, (porque ella tiene un “propio” odio). Sigue a la acusada, la humilla, la empuja, incita a la gente a lanzar piedras. Brama. Braman. ¿Quién...

El olor

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Recorría su cama evitando pasar mucho rato en un mismo punto para que las sábanas no se tornen pegajosas. Se estiraba, se encogía, se sentaba y leía.  Cien años de soledad cubría la siesta de aquel verano. El ventilador sacudía el calor de un lado a otro, escandalosamente. Era un tiempo muerto, difícil de llenar a los diecisiete años. Los adultos dormían, los más chicos inventaban juegos sin volumen. En algún momento apareció el olor. Dulzón, espeso, en descomposición. Un aroma que invadía la pieza. Dejó el libro y evaluó las posibles razones, porque eso hace la gente para evitar el miedo. Corrió la cama, barrió pelusa, devolvió a la cocina platos que alguna merienda había dejado en su mesa de luz. Pero no resultó. El olor persistía . Finalmente tiró desodorante y regresó a Macondo. La segunda vez intentó pensar en otra cosa. Se esforzó por desoír el grito de su nariz . Deseaba llegar al final del capítulo, por lo menos. Pero tres páginas antes se levantó. Su cuerpo se encor...

Espejos

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Los espejos tienen la fortaleza de agrandar los espacios, y la debilidad de impermeabilizarlos. Uno puede ver, pero no entrar. Dan la sensación de otro, aunque la soledad persiste.  Pusieron espejos en “atención al público”, para que cada uno recibiera su queja. Ahorraron personal, las grandes empresas, y evitaron el estrés producido por el mal trato de los clientes.  “Su pregunta no molesta”, decía un cartel mientras reflejaba el rostro del reclamante. Cualquiera baja la guardia, con tamaño recibimiento. Después venía la duda, el lamento, la devolución fallida, el reconocimiento de la inutilidad. Nada nuevo, por cierto. La diferencia estaba en que la gente se retiraba con más culpa que rabia de la ventanilla. La cotidianeidad del rostro conocido generaba resignación. Algo que se aprende cada mañana, al lavarse la cara. Hubo golpes e inútiles intentos por romper espejos. Siempre hay, aunque son los menos. Pero los vidrios se refuerzan y los cortes cicatrizan en otro lu...