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Soy para ir

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Nos vamos. Todos guardan las cosas con apuro y mal humor. Aquí no nos quieren. Hay que meter mucha vida en pocas bolsas. Yo intento no sonreír, pero a veces es difícil evitarlo. Nunca salí de viaje. En este lugar nací, nacieron mis padres y los abuelos de los abuelos de mis padres. Es demasiado tiempo en un mismo sitio, pienso. Pero nada digo.  El camino es indefinido. “Será como empezar de nuevo”, protesta mamá y, para mí, eso suena maravilloso. Me niego a dormir, debo registrar cada paso hacia el futuro. Hay colores cambiantes, formas extrañas, aromas listos para estrenar. Prefiero seguir la historia que corre fuera de la ventanilla porque en el interior sólo hay silencio y lágrimas. Entiendo que no debo sonreír, pero a veces es difícil evitarlo. Poco importan las fantasías que apoye en el final de la ruta, se que no estaremos mejor. Se que los nietos de mis nietos tendrán que irse después, guardando sus cosas con apuro y mal humor. Aún así prefiero viajar. Descubro que soy para ...

Nata

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Llovió casi dos semanas seguidas, me tienen que entender. No podía salir. Ni a sacar la basura. Apenas levanté la persiana para mirar a través de sus agujeros. Y ver si las nubes se alejaban y Nata volvía.  Una tarde la sentí lamentándose, maullaba como lastimada. Espié por los ojos achinados de la persiana y descubrí que estaba detrás del macetón de cemento. La llamé y no vino. Caía agua por eso no podía salir. Pero la llamé, les juro que la llamé. A la nochecita sentí pasar una sombra. Me asomé por las ranuras. Levanté la cortina un poco más. No mucho porque caía agua. El búho del vecino se acercaba a Nata. Le grité detrás del vidrio cerrado. Pero no se detuvo. Picoteó y retrocedió. Ella se quejaba. Todavía se quejaba.  Llamé por teléfono al dueño del pajarraco. Me dijo que los búhos no son carroñeros, que son sabios y vegetarianos. “¿No vio que son el símbolo de la filosofía?”. Eso me dijo. En serio. Nata maulló un poco más. Se arrastró hacia el ventanal donde yo miraba. Ah...

Tiempo y espacio

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Es urbana la definición de silencio. El silencio es la ausencia de sonidos ciudadanos. Le llaman silencio al paso del viento, al grillo nocturno, al cantar acompasado de la chicharra. Ven vacío quienes son incapaces de oír el murmullo constante del campo.  Él mira a ambos lados al cruzar, aunque la calle sea de una sola mano. Estudia el recorrido antes de recorrer y sabe dónde bajarse sin preguntar. A veces levanta la vista hasta el último piso de un edificio, pero sólo si debe esperar un semáforo, como al descuido. Contrae el asombro, la pregunta, la melancolía del horizonte. Se niega a mostrarse extrañado, extrañando. Que se vuelva a su país, le grita alguien desde un auto. Él se queda pensando mientras simula no oir. Entre el ruido oscilante, las palabras llegan inexplicablemente. Evidentemente fueron hechas para herir. Ahora sabe que le han mentido en la escuela, no pertenece a una sóla república el mapa que le enseñaron a dibujar. “En un lugar ponen todas las puertas -piensa- ...

Nostalgia

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De noche se escucha el sonido de un tren. Cruza veloz haciendo temblar las plantas, las calles de ambos lados, las casas de la primera fila. Algunos se han asomado a ver, pero nada pasa. No hay trenes desde hace cuarenta años. Sólo es el eco repitiéndose en el tiempo. Como ver una estrella que ya no existe. Como la efeméride de un país que ha dejado de figurar en los mapas. Un jueves de marzo llegaron en camiones a levantar las vías, sacar los durmientes, guardar los tirafondos, desmantelar la estación. Pero el tren fantasma siguió atravesando el pueblo. Delimitando las porciones de la sociedad local, estableciendo el “otro” lado, obligando a todos a mirar hacia el norte y hacia el sur antes de cruzar. Las noches frías, con lluvia y nostalgia, cuando nadie intenta siquiera asomarse, el tren se detiene. Bajan los que se fueron, jóvenes aún, adolescentes algunos. Recorren las calles iguales, reconocen los frentes arreglados, esperan en las esquinas de entonces. Espían por las ventanas có...

Agua

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Uno cree que el agua vendrá desde afuera y por eso construye murallas, defensas. Tapia las ventanas, clausura las puertas. Crea una burbuja de aire, una cápsula seca.  Pero cuando la inundación se manifiesta lo hace como los fantasmas, sin respetar paredes. Y por la rejilla del baño brota el agua y de repente hay una fuente en el lavadero. El agua nace desde adentro. Corre por los pasillos, hace desaparecer los zócalos, arrastra los zapatos contra la puerta cerrada. Uno empieza a subir cosas sobre la mesa, luego se trepa uno.  La altura necesaria se redefine con el paso del tiempo: el banquito, la silla, la escalera.  Ya no se sabe si es mejor dentro o es peor afuera.  Entonces uno levanta las manos al cielo clamando piedad y descubre que puede tocar el techo…

Certificado de existencia

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El colectivo llegaría una hora tarde, pero yo no lo sabía. Nunca había certezas sobre los horarios, por eso era costumbre esperar. No con desesperación, no con ansiedad. Esperar era parte del viaje. Todavía estaba en la terminal de ómnibus, pero ya no estaba en el pueblo. Ya me había ido en el colectivo que aún faltaba llegar. Además eran las dos de la tarde y el resto de los mortales dormía la siesta. Daba lo mismo mi ausencia o existencia. Esa es la verdad. Esperaba sentada en el único banco de la terminal vacía y el viento cálido acomodaba hojas secas acá y, luego, allá. De repente un remolino de panaderos interrumpió la calma. No vi desde dónde venía. No lo esperaba a él.  Incluyó las hojas secas que el viento clasificaba. Comenzaron a bailar en redondo, alrededor mío. Miles de panaderos peludos girando en una rotonda sin salida, (como toda rotonda que se precie de tal). Algunos escuálidos, persiguiendo su plumaje perdido. Mi cabello aceptó el convite, tímidamente.  Unos s...

Tupac Amaru

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Vuelve el brazo a unirse al tronco. Otra vez son dos las piernas. Se juntan cabeza y cuello, hombro y espalda, uña y dedo. Abandonan la pica expuesta, la soga alta, el centro de la plaza, donde fueron presentadas sus partes para escarmiento de otros cuerpos. Allí, no permanecen. Escapan como imanes, se atraen y se fusionan. Ensamblan lo concreto y lo inmaterial. Vuelven a ser hombre y a ser proyecto. Entonces tiemblan de miedo las coyunturas del imperio. “Ahora nos toca a nosotros”, piensan los culpables. Dislocados, desaparecerán los virreinatos, las capitanías, las gobernaciones. Mientras él vuelve a ser uno, ellos se fracturan, se desmiembran, se descomponen. Hasta las palabras del reino se desarticulan: ES - PA - ÑOL... Desde entonces, aquellos que se reúnen en secreto para enfrentar a cualquier tipo de imperio, usan su cuerpo como santo y seña. “¡Abran! Soy el brazo de Tupac Amaru”. “Aquí está su pierna”. “Ha llegado el ojo izquierdo”. “Déjenme pasar, soy su cadera”. El tobillo au...

Paciente

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Morir de una vez y para siempre. Como final de fábula.  No a cuentagotas, no encerrado, no sentado esperando morir  de una vez y para siempre. Mira por la ventana el paisaje que hace años no pisa. El paciente de la habitación 524 no se ha muerto aún. Le traen el desayuno y esperan que coma algo para poder suministrarle los remedios. Esperan que coma, así, parados junto a él, como si fuera un animal al que están estudiado. Difícil tragar el té con leche en esas condiciones. Hasta el almuerzo pasará mirando los árboles de la plaza. Les mide las ramas, les cuenta los nidos, les habla a las flores. Una acaba de abrirse.  La flor nueva aún no se ha estirado del todo. Despliega colores frente al sol, desafiante. ¿Perfuma? Eso es algo engorroso de saber a tanta distancia, detrás de un vidrio. Surge, y ahí reside lo importante.  Cinco días más tarde los enfermeros se retiran con el desayuno terminado y los frascos de remedio vacíos. El paciente de la habitación 524 permanece...

Juana

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-¿Por qué guerreamos, Manuel? - Por la Patria... Juana cierra sus ojos por última vez. Su mano cae del catre y toca el suelo. Ahora la tierra sabe de su muerte. Llega la noticia a las raíces de los árboles, sube por el tronco, se enteran las hojas y las flores. Corre por los caminos humanos y aquellos diseñados por insectos. Se enteraron ya en el hormiguero, en la colmena, en el nido.  Las nubes, empacadas, quieren quedarse a ver. A verla. Se asoman los vientos, caen rocíos antes que la noche. Hay un silencio de zumbido, de rebuzno, de relincho, de croar, de silbido. Todos lo saben, por eso esperan. Deben haber tenido razón aquellos que la llamaron La Pachamama. Es 25 y es fiesta patria en la ciudad. Mayo asoma ventoso y húmedo. Nublado. Aún así cuelgan banderines de colores, farolas, flores recién cortadas. Sale olor a comida guisada de las casas, entonan los que cantan, se entonan los que escuchan.  Las autoridades militares están de fiesta. “¡Por la patria!”, ...

Abstinencia

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A los cuarenta y cinco días de nacida terminó la licencia de maternidad. Comenzó, entonces, su institucionalización educativa. Guardería, jardín, primaria, secundaria, universidad. Cuando dejó de ser alumna pasó a trabajar como docente. La escuela no fue su segundo hogar, ES su columna vertebral.  Hace seis meses que no está frente a los alumnos. Las vacaciones de los estudiantes se fusionaron con la cuarentena obligatoria y el aula aparece sólo en sueños. Recurrentes imágenes que se alejan y se esconde, un laberinto de pasillos que impiden llegar al pizarrón, chicas y chicos de espalda alejándose indefectiblemente.  Anoche se encontró en una sala de profesores. Un poco pequeña para todos los docentes que parloteaban. Algunos rostros pudo reconocer: colegas de entonces y de ahora, esos que le enseñaron a ella, aquellos que le hubiera gustado tener, y unos cuantos extras llenando el espacio. Sonó el timbre del fin del recreo y cada profesor tomó sus cosas para dirigirse a ...