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Prohibido pisar

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Como el césped de las plazas, que se llama “césped” porque no se puede pisar. Los pies descalzos, la pelota improvisada, el picnic de medio tiempo se apoyan sobre el “pasto”, que es real. Así es el camino que ves por las noches: agua iluminada por la luna avanzando hacia un final. Pero se hunde si pisás, se estira cuando intentás nadar. Mucho antes de las avenidas brillantes, los caminos con faroles y los senderos del fuego, estuvo la luna. Invitando al viaje, estuvo. Marcando el trayecto, digo. Las noches de luna llena salís, sin lluvia ni nubes, salís. Su luz de espejo roba un trozo de día y lo ofrece como faro. “No debe ser en vano”, pensás.  Imposible apoyar los pies en ese camino, pero el camino está. De olas y luna fue construido, y te llama. Escuchás su voz decir tu nombre. Habla y se hace entender. Promete que será fácil, que será corto, que será. Pero es césped prohibido. Agua que te traga, pescadores que te mandan de vuelta, orilla que se aleja al verte avanzar. Bailás la...

esperar

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Hay un placer en la espera que desconoce la inmediatez. Puede ser madre de la utopía o la decepción. Puede ser madre y esa es la diferencia: tiene tiempo para engendrar otras cosas. La fila se hace a partir del cartel del 124. Miguel ve el mundo a través de las lagañas. Allá arriba miran la calle y adivinan un colectivo que llega. Abajo, Miguel se deja mirar por el juguete de la vidriera. Cada mañana se deja. Juegan juntos, en su cabeza, se arman y desarman, se miden, se calculan. Todos esperan. Sabe el precio y por eso acumula los vueltos, negocia con dientes, especula en los cumpleaños. Ya hizo lugar en sus estantes para guardarlo. Le puso nombre, por eso lo saluda al pasar, cuando sale dormido, cuando vuelve cansado. Detrás del vidrio también confían en el día de la compra. El juguete lo sigue con la vista, ofrece una sonrisa petrificada, un gesto imperceptible, una promesa electoral. Le ha inventado un mote (pues desconoce que se llama Miguel). Ambos se esperan. Diseñó un espacio e...

Instructivo

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  Es imprescindible tomar el arcoíris en su parte más flaca. Se tira, entonces, a fin de atraer el grueso de los colores y se continúa jalando con fuerza. Se sabrá que es el final al toparse con una olla irlandesa repleta de monedas de oro. Resulta necesario extremar cuidados para no enredarse entre las tiras de luz refractada. Hay gente que ha tropezado en pleno proceso de enrollado de arcoíris, quedando teñida enteramente de amarillo, o de rojo, o de azul. Estos últimos son los mal llamados: “príncipes”. Ante la aparición súbita de un rascacielos, conviene aminorar la potencia de arrastre. Si los cabellos teñidos del arcoíris se enredaran en su terraza o helipuerto, puede correrse el riesgo de una ruptura. Provocando, no sólo una caída aparatosa en la persona a cargo del ovillado, sino también un complejo proceso judicial. Ya que, para recuperar los fragmentos coloridos enganchados en la torre, será preciso desglosar el barullo legal que emiten sus antenas. Nunca debe olvidarse q...

Escrito en el cuerpo

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  Le piden documentos que acrediten sus palabras. Quieren letra escrita que diga que ella es Capitana, quieren la firma de Belgrano. Quieren un papel que cuente, en claro español, su oscura historia. Para recibir pensión hay que figurar en los listados, donde figuran los blancos, donde figuran los hombres, donde figuran los soldados.  Ella mendiga en la puerta de la catedral, pide pan, ayuda, memoria. Grita a los que la llaman loca o le tiran piedras. Dice que estuvo en el Ejército del Norte, que conoció a Güemes, que empuñó armas. No tiene pruebas.  Se desviste en la vía pública para mostrar los certificados. Sería obsceno si fuera humana. Sobre la piel, seis balas dejaron su trazo, también hay huellas de sables y latigazos. Cada cicatriz tiene su historia, pero hay que tener paciencia para escucharla. Hay que estar dispuesto a seguir el hilo de los hechos arremolinados entre dolores, injusticias, maltratos. Hay que querer mirarla, y mirarla para creer. Un hombre con ape...

El mar pelado

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El mar no pide revisación médica ni carnet de socio. No te hablo del mar con arena, con hotel, con guardavidas. El mar pelado, digo. En ese vimos a la sirena. Después de clases íbamos. Porque se podía ir, íbamos. Porque era la mejor excusa para no estar donde se suponía que debíamos estar.  Tirábamos piedras desde la orilla, aquella vez que vimos la sirena. Asomó la cola primero, después dió una brazada, una nueva zambullida y, más tarde, se sentó a descansar en el muelle de los pescadores. Parecía un lugar peligroso para alguien que tiene la mitad del cuerpo comestible. Por eso nos acercamos a avisarle. “A esta hora no vienen”, dijo ella y tenía razón. De noche llegarían, cargando redes, arrastrando botes. No estaba perdida, enamorada de un hombre, no quería piernas, o vender la voz. Por pocos lugares tenía permitido andar, explicó. Ni era rubia, ni bonita, ni delgada, ni si quiera era entonada. Una sirena marrón bordeando el mar.  Carrera hasta las rocas, jugamos. “El último...

Razas divertidas

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Mi abuela saca del estante un libro destartalado. Ella dice que es de quinto grado. El libro dice que es de 1920. Ninguno miente. Yo curso el profesorado en Historia y aquel ejemplar se transforma en una reliquia con las hojas descosidas. Quiero correr a ponerme guantes, buscar un pincel para limpiar el polvo, pero no tengo. Ni guantes, ni pincel, ni experiencia en conservación de antigüedades. Sólo estudio el profesorado. Tiene láminas avalando los textos, para que las ideas queden visualmente claras. Hombres fenicios, romanos, medievales, modernos. Siempre hombres. Construcciones dóricas, jónicas, merovingias, renacentistas. Siempre europeas. Intento imaginar lo que imaginaban quienes leían aquello, en 1920. Pero no puedo. Nací más de cincuenta años después, en un tiempo alimentado con imágenes. Sólo estudio la Historia.  Hay un capítulo destinado a las razas. Existen cinco, dice. Acompaña un grabado para que no queden dudas. La única raza que lleva traje, está peinada y se halla...

Distopia

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Después de la primera pandemia la gente se acostumbró. Salía menos, se cubría más, compartía nada. Hubo exceso de problemas respiratorios, afecciones cardíacas, daños en la piel y pérdida de la visión. El contagio era impredecible e ingobernable. Pero existió un virus peor a todos los previos. Uno que cambió para siempre el mundo conocido.  No tenía un alto nivel de mortalidad. Fiebre excesiva, mucho sueño, dolor corporal. Nada nuevo, en realidad. La diferencia estaba en el después. Una vez que la enfermedad aliviaba los síntomas, el paciente despertaba con pérdida total de memoria. Apenas los sonidos de la lengua, los secretos de la lectura, los mecanismos básicos que hacen rodar una bicicleta. Sólo eso.  Las personas se desesperaron, entonces, por acopiar los trozos salvables de su historia. Grababan audios o videos, para verse más tarde. Escribían velozmente, dibujaban croquis para hallar, luego, lo que debía ser hallado. De un día para el otro, el planeta se inundó de auto...

Arbolito

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Arbolito le dicen porque de lejos su cabello da forma a ramas de un árbol flaco y chico. Es árbol ranquel que ve y escucha, que espera. En el alboroto de una batalla de blancos contra blancos, reconoce al asesino. Un alemán contratado por Rivadavia para limpiar el desierto, a fin de que parezca más un desierto. Es coronel del ejército argentino y le pagan por extinguir ranqueles. Entre varios lo bolean y lo matan. Pero en la historia hay lugar para uno solo y uno solo entra. Con lanza vengadora entra, para que quede claro que “matar es lo único que saben, esos”. Después se van a divertir un rato con la cabeza del alemán, pero ya serán blancos piadosos y no indios brutos los autores. Cuando los caminos se lleven al ranquel árbol, se acabará su paso por el mundo escrito en castellano. Una estela de palabras chedungún contarán otras cosas, pero el viento hispano ya no sabrá escuchar, ya no querrá entender. A los huincas les interesa la tierra para “usarla bien”, dicen. Usarla hasta que el...

Titiriteando

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El titiritero no ve la cara de su público. Escucha risas y gritos, indicaciones para huir del malvado o directivas, fuertes y claras, de enfrentarlo. Una chica avisa al protagonista de la historia que está a punto de caer en una trampa. Otro intenta distraer al embustero con preguntas. Responde el titiritero fuera de libreto. Tarda en descubrir que no es un oyente perdido en la trama, sino un salvador que busca desbaratar el infame plan.  Al final sale y saluda. Apropiándose descaradamente de los aplausos. Es claro que las ovaciones no son para él. Es a los títeres a quienes piden “¡otra!”, a quienes quieren ver. Luego reparte los personajes entre los espectadores. Saca figuras nuevas. Algunos tienen las manos tan pequeñas que no logran darle movilidad a los muñecos vacíos. Entonces aparecen las marionetas. Hablan todos juntos, se enredan los hilos, chocan las cabezas de papel maché y están los que pierden algún accesorio. Nada puede ser más divertido.  Hay una pequeña con la ...

La Chacha

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Vista de afuera parece una vieja. Rezongona a ratos, chinchuda siempre. “Confunde”, dicen, cuando vecindea con muertos y ausentes. El resto del tiempo mira hacia los Llanos, como quien espera ver venir. Fue expulsada de la Historia con el mismo impulso que su hombre abandonó el cuerpo. No tuvo más opciones él: separaron cabeza de tronco, tronco de suelo. No tuvo más opciones ella: con grilletes la hicieron barrer las migas federales que aún quedaban en el norte. Después ya no hubo razones. Para ella, digo. Ya no hubo. Se vistió de vieja enojona, sólo para evitar las miradas. Porque cuando no hay testigos se quita la piel arrugada, el manto que cubre la herida en su cara. Se quita los trajes que le dejaron, la mortaja y monta en cuero sobre un caballo desnudo. Da órdenes a los gritos y reúne una montonera, salva al Chacho de alguna embestida traicionera. Y se van juntos a celebrar por esos recodos que sólo ellos conocen. Un día de estos se le va olvidar volver y alguien enterrará su dis...