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Mesa de luz

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Margarita se lleva una mesa de luz marcada. Alzada se la lleva. Ahora es suya, pero antes debió ser de alguien más. Alguien que la dejó parada/tirada en la vereda, junto a cajones sueltos, pedazos de madera, cartones. Le pareció bella. Antigua le pareció. También le pareció que la llamaba. Todo eso dirá, si le preguntan. Porque seguro le van a preguntar por qué llega de la calle con una vieja mesa de luz entre los brazos. La limpia. Piensa en lijarla. Pintarla, tal vez. Entonces descubre que tiene una aureola en la superficie. Clara, redonda, perfecta. ¿Un vaso? ¿Una taza? ¿La copa que olvidaron los amantes? ¿El agua que permite tragar las últimas pastillas? ¿Leche tibia para descongelar una cama inútilmente doble? ¿El recipiente donde la dentadura duerme? ¿Un café de espera? ¿El tilo de las nueve? Margarita tiene una mesa de luz sin pareja al borde de la cama. Antigua es, también bella. Por eso no necesitó ser pintada. Tiene una aureola que le cuenta una historia distinta cada noche. ...

El incidente

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Froilán estaba por clavar sus dientes en la manzana, cuando sintió que ésta se quejaba. “¡Eso me va a doler!”, dijo con mucha cara de enojo. Entonces Froilán se asustó, soltó la manzana, se tiró para atrás y se cayó de la silla. Pero la silla comenzó a retarlo: “¡Cuidado! ¿Quién te enseñó a sentarte?”. Le explicó, (de muy mal modo), que a ella le dolían las caídas, pues sus maderas podían romperse, corriendo el riesgo de quedar coja y olvidada en el cuartito del fondo. Ahí arrancó el piso: “¡¿Es que nadie va a pensar en mí?!”. Mientras contaba que los golpes sobre sus baldosas no resultaban gratuitos. “Con los años me voy resquebrajando y luego la humedad me afecta más”, declaró. Froilán no sabía si disculparse, salir corriendo o restregarse los ojos por octava vez. Pero los pantalones no le dieron tiempo. “A mi también me afecta el golpe”, exponiendo su punto de vista: “la tela se raspa, se hace más fina y finalmente se rompe”. Y ahí nomás comenzó una pelea con el piso, quien se sinti...

Raíces

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Levanta sus raíces como falda y se va. “Hacia el mar”, dice. “Hacia el mar”, comentan en el bosque. Lo ven irse los habitantes de las ramas. Lo ven sus pares de madera. Con asombro, primero, con envidia, después. Cruza tierra arada, pueblo antiguo, ruta mala. Esquiva el cemento. De noche avanza, con un reptar de gusano. Imperceptible al ojo inquieto. Atraviesa revoluciones, independencias, países nuevos. Evita el aserradero. Ve envejecer al mundo, y el mundo lo mira hacerse viejo.  Y un día, al fin, entierra sus pies en la orilla y se deja estar. Absurdo en el paisaje, frente a los habitantes de la arena, en medio de la sal. “Vengo de lejos”, dice. “De lejos”, comentan las olas chocándose. Le preguntan dónde, cuándo, cómo. Con asombro, primero, con envidia, después.

Preciso momento

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La vida es un largo ensayo, para poder actuar en un preciso momento.  Dibujaba en las paredes y no lo hacía mal. Sí, lo hacía mal para la norma, la cal blanca, la madre que limpiaba. Lo hacía bien para las formas, fácilmente reconocibles, expresivas, en movimiento. Dibujaba en las hojas escolares y no lo hacía mal. Sí para la maestra y las matemáticas, no para los monigotes creados: múltiples, graciosos, caricaturescos.  Dibujaba en los márgenes del papel serio, en las boletas y en los boletos. Siempre lo hizo mal y dibujaba perfecto. Mal para el horario laboral, los amores que esperan, los hijos que parecen juzgar. Perfecto para sus fondos, cada vez más detallados, profundos, exuberantes. Sobre los que circulaban personajes plenos y palpables. Las paredes se blanquearon, los papeles se perdieron y las boletas se pagaron obligatoriamente. Por eso el día en que respondió al pedido: “¿Me hacés un dibujo, abuelo?”, no hubo fin. Desbarrancaron historias en trazos, completas en for...

Calaveras de azúcar

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Yo le dije a mi mamá que debía ir disfrazada, al día siguiente, para festejar el día de los muertos. Ella puso cara de extrañeza. En su país jamás había escuchado juntas las palabras fiesta, disfraz y muertos. Argentina aún se creía europea y ni siquiera se hablaba de halloween . Concluyó, entonces, que yo había entendido mal, y el tema se agotó en un silencio.  Al día siguiente era la única sin disfraz en el jardín. Mi mamá, entrenada para pasar desapercibida, tuvo que asumir en público su extranjeridad. La maestra sonrió, me sacó el guardapolvo y cruzó una tela a lo Nerón, anudada en el hombro. Yo corrí satisfecha y me sumé a los juegos. Tres chicas se acercaron con intenciones de saber: ¿de qué estaba disfrazada? “De bailarina”, respondí convencida. Tal vez concluyeron que yo había entendido mal, pero no lo dijeron. Y el tema se agotó en el siguiente juego. Cinco años después, en México, en otro Día de los Muertos, mi mamá se resarció. Con cartulina, papeles brillantes y mucha p...

Borde

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Deja el borde de las empanadas y de las pizzas. Eso no se come, dice. Sabe cuándo evitar responder al timbre de su casa, dónde bajar el seguro de las puertas del auto, y cómo dejar de mirar a quienes habitan las veredas, por debajo de su cintura.  Tapia, cubre, enreja, aisla, valla, protege. Eso es saber exactamente que hay gente que tiene y gente que no tiene.  Pero cuando los límites humanos se encogieron, resulta que los bordes más lejanos ya no estaban tan lejos. Entonces quedó del otro lado. Fue tan de repente y silencioso, que demoró un rato en darse cuenta dónde estaba. Lo supo al verse acodado, junto aquel que comían los bordes de empanadas y de pizzas que él desechaba.

Victorina pide deseos

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Victorina pide deseos. Todo el tiempo, (todo el tiempo que tiene un fósforo delante, porque está convencida que para pedir hay que soplar). Gasta cajitas y cajotas de fósforos en deseos. Y tiene una capacidad increíble para hallarlas, porque mamá y la abuela siempre las esconden, para evitar sustos y gastos repetidos. Ya le explicaron mil veces que es peligroso, que puede incendiar el mantel, las cortinas o sus rulos revoltosos, pero nada. Victorina pide un deseo cada vez que prende un fósforo. Pero no pide cualquier cosa, porque querer miles de juguetes, ropa de todos los colores o una casa de diecinueve habitaciones, quiere cualquiera. Victorina sopla y dice que le gustaría un cielo fucsia, o que el camino a la escuela amanezca bañado en caramelo, o que caiga nieve de azúcar, o que el verano sea más largo que su dedo. Sueña con animales blancos, pero pintados de verde, con zapatos que crecen y bailan solos, con ventanas que traen paisajes lejanos o extraterrestres que hacen pijamadas...

Palabras

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Estaba a punto de decirlas, pero en el apuro del desayuno me olvidé. Después se fueron, yo junté las tazas y las migas, las palabras quedaron sobre el mantel. A la tarde, cuando volvimos, descubrí la ventana abierta. El viento las había volado por el comedor. No fue fácil recuperarlas. A algunas no las volví a ver. Durante la cena coloqué las palabras junto al tenedor, a la espera de un buen momento para materializarlas. Pero había un pesado humo de cansancio sobre nuestras cabezas y fue preciso abrir el paraguas del buen humor. Después junté los platos y las migas, las palabras las enganché en los botones del camisón. Por la noche, mientras dormían, las distribuí debajo de las almohadas. A tientas, en lo oscuro, apurada. Para ganarle de mano al ratoncito pérez o al hada de los dientes. En el desayuno siguiente, lo que debía saberse, ya todos lo sabían. Por eso las palabras salieron de sus bocas, no de la mía.

El escondite

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Tuve un secreto que duró seis días. A principios de semana lo vi: entre el pilar de la entrada y la enredadera podía esconderse alguien. No alguien grande o corpulento, pero si una persona de cinco años con intenciones serias de ganar en las escondidas. El lugar era excelente, permitía observar la vereda sin ser visto (lo probé). Sólo faltaba esperar el fin de semana, el encuentro grupal, el triunfo singular de la más pequeña del grupo. Llegado el sábado intenté no mostrarme ansiosa, dejé que otro propusiera el juego y escapé de contar con los ojos cerrados. Luego di algunas vueltas, para despistar, y me escondí. Atraparon a uno, descubrieron a otra, se salvaron unos cuantos y protestaron los de siempre. Escuché mi nombre, por eso ajusté el cuerpo sobre el pilar de la entrada. No estaba dispuesta a develar el secreto, debían buscarme más. Sentí que corrían, gritaban, a veces se reía. La tarde se oscureció y yo seguía esperando. Cuando finalmente asomé la cara entre la enredadera, noté...

heladera

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 Una tarde mamá echó en la licuadora los restos de remedios que había en la puerta de la heladera. Agregó leche, mucha azúcar. Después se preparó un batido y se sentó con nosotros a ver la tele. Yo le pregunté si se sentía mal, dijo que si. Lloraba a ratos y me acariciaba la cabeza. Todo lo hacía despacio, como si estuviera muy lejos. Se acurrucó en el sillón, me pidió que la tapara. Entonces se quedó dormida y ya no vio el final de la película. A la noche llegó papá y dijo que estaba muerta.