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No es Penélope

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Marta espera en el andén y no es Penélope. Gastó sus últimos pesos en un boleto que no va a llevarla a lo de Ulises. Tiene frío y prisa y cansancio. Ha perdido el humor para toda metáfora literaria, por eso no le hablo. Busco con ella en el punto de fuga alguna luz que sugiera movimiento. Dos horas antes rompió un regalo en la puerta de la cumpleañera. Se quedó mirando el piso húmedo, la botella de licor quebrada y sus pantalones desgarrados en las rodillas, mientras la dueña de casa nos invitaba a pasar. Hace tres horas olvidó la cartera en el probador por un par de segundos, jura. Es probable que fueran unos cuantos minutos, porque al volver había desaparecido. “No tenemos cámaras en ese sector”, le dijeron. “Conozco un lugar donde me van a fiar un buen licor, para no caer con las manos vacías”, respondió ella. Cinco horas atrás el jefe le pidió que se quedara un rato más pues el local aún estaba lleno de gente. Tenía previsto ese tiempo para comprar el regalo, igual asintió con la...

La parte honda

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La tía trepa por la escalera y se tira de cabeza al cielo. Al principio la perdemos de vista, pero al rato sale a flote y saluda con el brazo extendido. Nosotros gritamos su nombre, provocamos un revuelo de primos y sacamos fotos. Ella nada entre el oleaje que da forma a las nubes. Dos o tres brazadas concentradas y asoma la cara para respirar. Eso le permite, también, ver por donde va. Evitando chocarse con aviones, globos aerostáticos o estrellas diurnas. A veces llena los pulmones y busca profundidad. Intenta tocar el fondo más oscuro o un satélite en desuso, quizás traerse algo de basura espacial. Después emerge con urgencia de aire, acomoda su pelo mojado y nos sonríe desde lejos. Marca una estela de nado y podemos seguir sus pasos. Saber, más o menos, a dónde mirar. Una VE de pájaros la cruza y ella se zambulle detrás. Se une al ascenso sincronizado como sirena de viento, dice alguien. Como unicornio de mar. La vemos alinearse al grupo y alejarse, perdiéndose entre los peces de v...

El motor

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El abuelo guarda un motor en el taller del fondo. Parece que antes tenía un auto alrededor, pero ahora no está. Sólo quedó el motor, como un corazón enorme y enmarañado.  Él simula que lo enciende y nos cuenta historias de viajes que alguna vez hizo. Como el día que subió una montaña tan alta que las nubes se le metían por la ventana. Y se trajo dos o tres, dormidas, en el asiento de atrás. O la siesta que giró cincuenta y cuatro veces alrededor de un lago hasta marearlo, desatando un remolino de agua nunca visto por los pobladores del lugar. También conoció una ciudad demasiado chiquita, por eso al estacionar el auto en pleno centro, la cola le quedó fuera del área urbana. Y le pusieron una multa que se olvidó de pagar. En otra oportunidad recorrió un desierto interminable guiado por dos camellos, porque el GPS no estaba inventado todavía, dijo.  Una tarde se fue a pescar al río con su auto y enganchó algo tan grande que lo arrastró al agua. El abuelo explicó que tuvo que sac...

Conciudadana

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Maria se exilió con una hormiga en el bolso de mano. Había estado sentada en el pasto antes de subir a la balsa que la cruzó a Brasil. Apoyó el saco para que no llegara la humedad del piso porque ya tenía demasiada humedad en el alma. Aquel jueves de huída recogió todo a las apuradas y entre ademanes urgidos, secuestró una hormiga.  Cuarenta y ocho horas después llegó al otro país donde la esperaban. Y en la pieza ajena, de la casa ajena, desarmó sus cosas. Sobre la cama apoyó el saco y la hormiga corrió atontada por el acolchado. Maria cerró su paso con la mano, como una muralla surgiendo acá y allá y de nuevo acá. Estaba pensando, mientras tanto, qué hacer con aquella pequeña conciudadana. ¿Dejarla en una plaza de un país extraño? ¿Y si no entendía el idioma de las hormigas locales? Como le pasó a ella, que sonrió cuando preguntaron su nombre y dijo sí, ante la solicitud de la dirección donde pararía. ¿Podría la hormiga sobrevivir a tantos kilómetros de su hormiguero? Finalmente ...

Hasta el momento

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Manuel se lava los dientes luego de cada comida. Moja el peine por la mañana para aplanar su pelo. Y cuida que las uñas no parezcan sucias. Se baña casi todos los días. Aunque en las tardes de mucho frío sólo se cambia el calzoncillo y limpia sus axilas. El baño enorme no se calienta con una ducha tibia, así que deja caer el agua y después dice que ya está. Sabe escribir su nombre, casi respeta los renglones y, para dibujar, usa todos los colores. Conoce los días de la semana, los meses más o menos, pero entiende que en junio comienza el invierno y es su cumpleaños, además.  Guarda pan en los bolsillos o pedazos de facturas, por si tiene hambre más tarde. También almacena lápices que se hicieron chiquitos, piedras con formas de algo y caramelos que le regalan por ser bueno. Tiene su primer (y único) diente caído, en el cajón de la mesa de luz. Le han dicho que nacerá uno nuevo, pero hasta que eso pase, se resiste a desechar el anterior. Tiende la cama si así lo piden. Barre el lado...

Origami

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Un dragón de papel no puede escupir fuego, es una cuestión de supervivencia. Éste escupe cálculos matemáticos, por ejemplo. Cinco sextos, más ocho tercios, menos nueve medios, todo al cubo, más diez sextos. Sigue un rato, después despliega sus alas cuadriculadas y salta sobre el sacapuntas, abandonando las operaciones combinadas. Se niega a la oscuridad cavernaria de la cartuchera, por eso busca altura. Trepa a la cima de la montaña, instalando allí su cuartel de lucha. Enfrentará a la serpiente azul, al cocodrilo de doble filo, al pirata con pie de mina. Ganará a veces. A veces se sentirá perdido. Se niega a ser el malo, pero no le han dado tiempo a elegir otro destino.  De lejos llegan las voces del pueblo. Hablan sobre su malicia, su rareza, su pésimo comportamiento. No se defiende, levanta vuelo. Habrá un lugar tranquilo más allá, piensa. Pero sigue en guerra con nuevas figuras fantásticas. Hasta que toque el timbre y se vacíe el aula. Hasta que el murmullo se aleje, llevándose...

El turista

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Un domingo al mes, el Seba se viste de turista. Se pone ropa colorida y se cuelga al cuello una cámara de fotos que ni sabe cómo se usa. Luego va al centro y pregunta: “¿Qué es eso?”. “La municipalidad”, le dicen. “¿Qué es eso?”. “La catedral”, le explican. “¿Qué es eso?”. “El cuartel de los bomberos…”. A veces hay gente que le cuenta un poco de la historia del lugar, otros le hacen notar detalles de la construcción. Están los que dan su propia opinión sobre las instituciones públicas, los que defienden con maravillosos adjetivos su ciudad y los enojones que fruncen el ceño. Pero siempre hay alguien que le pregunta: “¿Y vos, de dónde sos?”. Comienza, entonces, la mejor parte del domingo. El Seba inventa una tierra lejana (que nunca figura en los mapas), un idioma incomprensible y una profesión tan peligrosa como irreal. Después relata las aventuras que lo trajeron a estas tierras y su interés en conocer la región, para escribir un libro (o hacer una película, o una serie, o un juego de...

Arcilla

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Antes de hoy, transitaron miles de personas, además animales, y vientos y lluvias. Por eso la arcilla sabe (los que se quedan siempre saben). Reconoce la huella apresurada, la exhausta, la que sólo va de ida. Identifica la humedad del llanto, del sudor, de las heridas. Sabe de comida abandonada, cruda, quemada, venenosa. Y aquella que cruzó aún con vida.    El agua del cielo trajo novedades de lejos, que dejó caer. El agua subterránea conserva sus secretos. El viento despeinó las piedras, desintegrándoles la fortaleza. Pariendo arcilla, polvo, o arena. Los vuelos migratorios agregaron algo, también.  La alfarera, entonces, hunde las manos en el suelo y sabe lo que toca (las manos siempre saben). Reconoce la historia. Pide permiso para darle nueva forma. Acceden los que entienden, callan los que no aprueban. Ella disuelve, revuelve, tuerce, oscurece y cuece. Pero no resulta un pinocho reclamando piel y mortalidad a su padre. Surge una pieza silenciosa que sabe toda la cron...

Especial

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Para el día especial le habían comprado zapatillas. Y una remera y un pantalón. Le habían lavado la mochila que usaba en la otra escuela y habían forrado sus carpetas con dibujos de autos de carrera. Además tenía una regla larga con la figura del hombre araña, no cualquiera, el que estaba en los cines.   La mañana pintaba fresca, pero se negó al buzo, quería lucir la ropa nueva aunque tuviera mangas cortas. Por eso llegó moqueando a la fila, no por otra cosa. Pero no supo explicar. No pudo. Cuando terminó de acomodarse en aquella línea de seres desconocidos, sintió que se burlaban de su nariz goteando, de su falta de pañuelo, de su nula reacción a los comentarios. La maestra ordenó un silencio general y lo mandó al fondo, “porque sos muy alto”. Pero era mentira, apenas podía ver quién hablaba junto a la bandera. Se quedó al final de una hilera extranjera limpiándose los mocos con la manga. Escuchando lo que comentaban los adultos que lo miraban mal. “Es un poco especial, el nuevo”,...

El personaje

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El actor se maquilla y el personaje sonríe. Aplica un poco más de blanco, repasa los labios, acentúa las líneas. El cosquilleo en el estómago se va transformando en nudo, luego en retorcijón. Un vasito para pasar los nervios, piensa y toma dos, tres, cuatro. Ahora le pesan los ojos.  Cuando llaman a escena el personaje se presenta. Proyecta la voz, se mueve en diferentes planos, comprenden sus expresiones en la fila cuarenta. Se luce y por eso el público aplaude. Hace una reverencia sobreactuada y un agradecimiento sincero. Pero sólo uno. Entonces desaparece. No puede quedarse para el segundo saludo, debe correr al camarín antes que el actor despierte.